viernes, 13 de septiembre de 2013

Luces de Bohemia <> VALLE-INCLÁN

LUCES DE BOHEMIA - RAMÓN DEL VALLE-INCLÁN
Repetimos el mismo género otra vez: el teatro. Luces de Bohemia ha sido la elegida para devorarla y desmenuzarla con todo el empeño y el interés posibles. En ella, se refleja la vida calamitosa de Máximo Estrella, un viejo bohemio ciego, que llega a empeñar hasta su capa. Un billete de lotería, unos amigos de confianza en apariencia y una situación del país desoladora embriagan a la obra de un brillo cuanto menos lacónico.

Se publicó en un principio en la revista España en 1920 y, cuatro años después, en libro bajo la editorial Renacimiento, con la añadidura de tres escenas más. Con ella Ramón del Valle-Inclán se proponía mostrar lo esperpéntico, lo absurdo, de la realidad, cada vez más deforme, pues auguraba un devenir funesto ante una sociedad un tanto deshumanizada. De este modo, nació el esperpento, para cuya explicación nos podemos servir de una cita del propio Max Estrella, el protagonista de la pieza teatral. “Las imágenes más bellas, en un espejo cóncavo, son absurdas”, afirma en un pasaje. Así pues lo esperpéntico se refiere a lo feo, lo grotesco, lo llamativo por distar de la norma y caminar hacia lo monstruoso. Y, la carga de lo absurdo en la obra origina su singularidad.


Pero, la técnica del esperpento, consistente en la cosificación y animalización de los humanos y en la humanización de las objetos y los animales, también supone un todo armónico. Por ello, se incluyen elementos del género chico, según algún estudios por ser antecedentes de la degradación y de lo burlesco del esperpento, así como la inclusión del léxico de los sainetes, perteneciente a la subliteratura. Incluso, la voz de la calle madrileña, los cultismos y el argot encuentran su sitio en esta singular pieza. En ello, se cumple el principio de decoro, pero sí que es cierto que ciertos aspectos semánticos confunden y convierten la experiencia lectora en algo un tanto engorroso. Cambiar el agua de las aceitunas aquí significa orinar, estar afónico se refiere a no tener dinero, etc. Afortunadamente, la Colección Austral (edición de Alonso Zamora Vicente) ofrece un estudio muy completo y un glosario con los términos propios del habla de la calle madrileña. En cuanto a los cultismos, se agradece que no haya sido especialmente rebuscado y sus referencias se ciñen a los shakesperianos Hamlet y Ofelia, un salutatem plurima o un “juventud divino tesoro”. De todos modos, ediciones como la antes mencionada siempre facilitan la comprensión del texto. Asimismo, en ello encuentro un mérito más para el autor, pues consigue brillar con tales ingredientes “de la calle” hasta elevarlos a la categoría de arte.

Se trata, por tanto, de una quiebra del sistema lógico y de las convenciones sociales de la España de Alfonso XIII. El pontevedrés Valle-Inclán (1866-1936) había nacido en una familia de cierto abolengo y cultivó notablemente su parcela intelectual, especialmente cuando en su traslado a Madrid en 1890 conoce a muchas personalidad persiguiendo la gloria literaria. Reflejo de sus coordenadas personales, surge una voluntad de estilo artístico, una constante exhibición del arte por el arte, que constraba con la literatura anterior, la realista, tan fotográfica y gris. No obstante, en este libro todos nosotros podemos hallar en su estilo un tono peculiar, fruto de una transición coherente hacia la burla, lo ridículo, el sarcasmo o lo risible. Un ejemplo sería La Marquesa Rosalinda (1913). Por eso aquí el regusto del modernismo y de lo opulento, el preciosismo, la literatura de aristocracia se evapora, como ya había ocurrido en Divinas Palabras, respaldada por la crítica, pero sobre en Luces de Bohemia. Como consecuencia, algunos personajes ladran; otros maullan. E, incluso, el librero Zarazustra parece establecerse más que en una tienda, en una cueva, tal y como la describe el escritor. Esa ruptura de lo lógico me gusta, sobre todo, en las primeras escenas, pues al leerlas sentía la clara voluntad de Valle-Inclán de dar otra vuelta de tuerca a su obra hacia lo esperpéntico. Sin embargo, a medida que avanzaba el texto, el esperpento se iba reduciendo, como si Ramón María hubiera olvidado sus pretensiones iniciales. Con todo, se vislumbran ciertos elementos de esta naturaleza y en un especial acentuación de la personificación de lo no humano. Baste con “con una tos gruñona retorna al lado de Max Estrella” o “piano y violín atacan un aire de operata”. ¿Una tos que gruñe y unos instrumentos musicales que agreden? Extraño, ¿verdad? Pues eso, extraño, absurdo y esperpéntico.

La belleza en sí misma ocupa un lugar secundario, mientras que la denuncia social arrebata el protagonismo. El autor considera que la degradación social se debe a todos los estratos sociales. Por esta razón, no duda en abarcar multitud de perfiles y embarcarse en una obra teatral con un personaje colectivo. Un ministro, una prostituta marginada, una portera apolítica, un albañil con inquietudes políticas, un excelente poeta, entre otros personajes, coinciden en una pieza dramática cosida por el desgarramiento en el trato de los personajes y del idioma, el marcado escarnio y la preocupación por la dimensión político-social. Pese a ser una obra en ocasiones algo fría, con la que es difícil empatizar, se agradece esa diversidad colosal, pues ello impide el protagonismo excesivo de alguno de los personajes. Personalmente, el perfil del parásito social, personificado en Latino de Hispalis, no me entusiasma, principalmente, por mostrar sus cartas desde el principio. Es, pues, un personaje plano, si bien su codicia crece a pasos agigantados hasta sobrepasarla en el desenlace. La Pisa Bien me parece un personaje desaprovechado y el billete de lotería podía haber dado más juego. Lo mismo se puede decir de Madame Collet.

Y si el número de personajes es acaudalado, el de espacios también. La redacción de un periódico, una taberna, la calle, la comisaría, el calabozo... Todos ellos aportan más variedad a un texto de por sí variado. No obstante, esa heterogeneidad de ambientes y espacios tiene como consecuencia algún desplome de mi interés. Para ser más exactos, desde la intervención de los agentes hasta la liberación de Max Estrella, la lectura me ha resultado un poco tediosa. Por suerte, no han sido más de seis escenas, y al no superar las doce páginas cada una, la experiencia se hace más o menos llevadera.

A modo de conclusión, Luces de Bohemia es aconsejable para quienes buscan una lectura trascendental de nuestra literatura, un texto singular y un acercamiento con Valle-Inclán y el teatro del siglo XIX. Sin embargo, para los lectores que rehuyan de lo complejo o que prefieran lo costumbrista, más vale que se sumerjan en otros libros. Aún así, recomiendo que los que se hayan decidido a leerla que pongan atención a lo esperpéntico, es decir, que estén al acecho de los instantes en los que queda patente la técnica innovadora del escritor. Gracias por leer esta reseña.

MUESTRAS DEL ESPERPENTO
“El ciego se entera mejor de las cosas del mundo, los ojos son unos ilusionados embusteros”-MAX.
“Si en este laberinto hiciese falta un hilo para guiarse, no se le pida a la portera, porque muerde”-MAX
“Como te has convertido en buey, no podía reconocerte. Échame el aliento, ilustre buey del pesebre belenita”. -MAX a LATINO

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