jueves, 24 de julio de 2014

«Palomitas de maíz y dos espectros del pasado» - DECADENCIA Y VILLANOS 4


 

CAPÍTULO 4. PALOMITAS DE MAÍZ Y DOS ESPECTROS DEL PASADO
Cuando los problemas no tienen solución, dejan de ser problemas y pasan a ser hechos. Para bien o para mal, la infertilidad de Emilio y la muerte del pequeño Samuel habían pasado del cajón de los problemas por solucionar al de los hechos y, también, a la estantería de las derrotas que exhibir en cuanto trofeos de experiencia. El último jueves de julio se convirtió en otro jueves legendario en sus vidas. Legendario, no por un gozo inmenso sino por un aluvión de desgracias que, convertidas en agua, podrían eliminar las sequías de la faz de la Tierra. El jueves resultó tan negro que el crac del 29 sería, tras el parapeto de los años pasados, un instante más grisáceo que carbón.

 Antes de que el reloj marcara las diez de la noche, Emilio y Carlos se fueron a la cama. Hallaron en dormir la medicina más eficaz contra el calvario mundano. Aprovechó el expárroco para disfrutar del salón y la parrilla televisiva, un árido desierto de reposiciones, documentales y películas trasnochadas. Tumbado en el sofá, repasó dos hojas de papel que había escrito por la tarde. Testimonios del amargo pesar que viajaba por las arterias compungidas de sus compañeros.

El primer testimonio narraba un encuentro, esperado y temido por Emilio a partes iguales. Ocho días atrás, espoleados por los irresistibles descuentos del día del espectador, fueron al cine. La cartelera carecía de un largometraje potente, así que la elección final, una comedia americana, les resultó tan insustancial como el argumento de esta. El ahora político leyó:

«Si nos hubiéramos ido directamente a la sala Emilio y yo, la desgracia de mi amigo jamás hubiera tenido lugar. Pero no. Con el cenizo, tenaz y eficiente, que nos persigue desde hace mucho, esperamos casi media hora para comprar un cubo de palomitas. Ambientaron el encontronazo con el fantasma del pasado la cola kilométrica, el calor mortal, y nuestras manos en los bolsillos, temiendo que nuestras empobrecidas carteras quedaran a merced de carteristas, parásitos del guirigay y el bullicio. Alguien le estaba dando golpecitos en la espalda a Emilio. Se giró. Era una mujer de su edad. Su apariencia, sus gestos, su forma de mirar y su seguridad indiscutible le resultaron familiares. Más turbadores que familiares, en verdad. En cinco segundos, se percató de quién era aquella señora refinada, pero con dosis de astucia y de pasión. Emilio estaba cara a cara con su primera novia, un ciclón que devastó sus esperanzas amorosas a los dieciséis años.


— ¿Qué haces tú por aquí, Alicia? –habló Emilio con crudeza, tragando la bilis a destajo y previendo que la inundación de lágrimas por su cuerpo rechoncho poco se haría de rogar.
— Emilio, había olvidado lo caballeroso que eras –ironizó ella.
— Yo, en cambio, todavía recuerdo lo zorra que eres.
— Rencoroso –lo abofeteó–. ¿Todavía no me has perdonado? Te vas a podrir con tanto rencor, hijo mío.
— ¿Cómo quieres que te perdone? ¡Te pillaron con una china! ¿Recuerdas?
— ¡Embustero! Yo nunca me he tirado a ninguna asiática. A mí van los penes.
— No hace falta que lo jures. Me pusiste los cuernos con mi mejor amigo. Eso no te lo perdono ni muerto.
— Es que José María estaba muy bueno… ¡Menuda melena tenía! Además, tenía moto. Tú, en cambio, solo una bicicleta y con ruedines.
— ¿José María? Me estaba refiriendo a Rafa… –se enfadó–. Zorra, ¿¡también te tiraste a José María!?
— Abre tu mente, Emilio… ¿Qué querías que hiciera?
— ¡Los tenía que haber matado a los dos!
— Pues muy bien, te hubieras quedado sin amigos.
— No, porque tenía a Luismi, a Antonio, a Vicente… ¡Éramos un puñado! –se alegró recordando a su pandilla.
— Pues eso, que te hubieras quedado sin amigos –respondió con un matiz picante.
— ¡Hija de puta! Te acostaste con todos mis amigos uno por uno.
— Uno por uno y de dos en dos. Bueno, ahora recuerdo cómo nos lo montamos Vicente, Rafa y yo cuando mis padres se fueron de crucero.
— Zorra más que zorra. Me robaste el corazón —le espetó iracundo.
— ¡Embustero! Yo te robaba el bocadillo, el aguinaldo de tus abuelos… Pero el corazón, nunca. Estarías muerto, entonces.
— ¿Y qué me dices de nuestra relación? –lo abofeteó de nuevo–. Tú hiciste el mejor papel de tu vida cuando salimos. Tú lo que querías es que mi padre te contratara en nuestra empresa en verano.
— Bueno, pues nada. Había venido a saludarte y tú me sales con tus celos y una china con la que no me acosté.
— Estaba hablando del hachís. Tus padres te pillaron con una china y fuiste tan zorra de decir que era mía. Por tu hijoputismo, mi padre me ingresó en una clínica de desintoxicación. Tres meses y pico ahí dentro, en un infierno. ¡Maldigo el día en que me inscribí en la compañía teatral para conocerte!

 De inmediato, se dieron la espalda, enterrando para la eternidad aquel noviazgo que los había unido y, en parte, destrozado, pues el único modo de encarar el porvenir es plantando cara a los espectros de un ayer traumático y consagrándose a las momentos venideros. Con todo, la gran tragedia que Emilio había engullido no se disolvió ante la comedia que vimos, a pesar de sus gags desternillantes. De hecho, lo sentí tan lejos, aun teniéndolo al lado. Buceando en su adolescencia, maldiciendo los caprichos del destino, prometiéndose no tropezar en la misma piedra».

Tras leer su escrito, guarnecido con abundantes tachones, prosiguió la revisión del segundo. Versaba sobre una confesión. La noche anterior, mientras el microondas se dignaba a explotar todos los granos de maíz, Carlos se atrevió a revelar el germen de su xenofobia. Un germen, por cierto, con nombre propio: Nabila. Si bien la animadversión que profesaba hacia los inmigrantes no tenía justificación, Emilio y el ahora político pudieron empatizar con aquel cerebro incomprensible, excéntrico y confuso, aunque maquillara su cruda verdad con un baño de firmeza y tres capas de soberbia fingida. Don Francisco leyó la nueva hoja de su diario:


«En esta noche oscura de nuestra alma, he tenido doble demanda de consuelo. Por un lado, Emilio acaba de sufrir el mayor varapalo de su vida. Debido a su infertilidad, jamás podrá cumplir su sueño de traer al mundo un niño, con sus genes y sus apellidos. Por otro, Carlos ha abierto en canal los vericuetos de sus entrañas y he conocido su historia con Nabila.

 Según nos ha confesado, Nabila fue una amiga. Sí, una amiga auténtica, a la que le unía simple y asombrosamente una amistad pura, y no las pretensiones de llevarla a la cama y gozar de ella entre sábanas, como nos tiene acostumbrados. La adoró desde que la conoció a los quince años. Eran de la misma edad y compartían una buena ración de intereses y el mismo ambiente burgués. Todo ello les llevó a convertirse en almas gemelas, en inseparables amigos. Iban juntos a cada lado en su tiempo libre. Bares, tascas, piscinas, clubes de golf, centros comerciales... Salvo a la hora de ir al baño o en los momentos de devoción religiosa. Ella, marroquí, acudía a la mezquita; él, a la iglesia, aunque las vicisitudes de la vida lo llevó a distanciarse de Dios Nuestro Señor.

 Mas, como la desdicha releva a la buena ventura, al igual que, tras otoño, llega el invierno, y del mismo modo en que, durante unas horas, la luna arrebata al sol la antorcha del manto celestial, su amistad comenzó a contaminarse. Nabila se zambulló en el mundo de la droga y fue tal la intensidad, que la perdición la arrastró hasta el final de sus días. Primero, los porros esporádicos e, incluso, compartidos con Carlos; luego, aumentó la frecuencia y la cantidad; más adelante, se adentró en el océano de la cocaína, el cristal, las drogas de diseño y, cuando quiso sacar la cabeza del agua, no encontró la salida. Con quince años, Carlos era aún un joven ilusionado y carente de experiencia. Vaciló en tantas ocasiones en chivarse del problema de su amiga a sus padres que, cuando halló una respuesta firme, ya era tarde. Ya estaba en el atáud, enterrada bajo una lápida de granito oscuro y frío. Cada inmigrante le recordaba a Nabila, a una amistad acabada por su inexperiencia, sus buenas intenciones y sus nefastas medidas. A día de hoy seguía arrepintiéndose de haber financiado la adicción de esta y la muerte prematura de un ser con demasiada vida por delante».

Finalmente, cayó en brazos de Morfeo leyendo una tarjeta, de esas que guardaba Carlos en el bolsillo de su camisa, que había encontrado entre los huecos del sofá.

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