miércoles, 21 de agosto de 2013

TRES SOMBREROS DE COPA - Miguel Mihura

Después de cuatro novelas consecutivas, cambiamos de género. Pasamos de la narrativa al teatro. Este cambio de registro está motivado, por un lado, por mi interés por ganar un poco de experiencia lectura en lo dramático, y, por otro, por una razón personal. Los que me conocen de cerca saben de sobra que me fascina el humor absurdo, reducir a lo ridículo las situaciones o, incluso, colorear las conversaciones, no sólo con metáforas o símiles, sino también añadiendo comentarios que “no vienen a cuento”, pero que, en verdad, poseen su lógica. Por ello, encuentro en la producción literaria de Mihura una atracción abismal, así que tarde o temprano sabía (y debía) leer su creación clave, Tres sombreros de copa. Y, bueno, aquí tenéis mi nueva reseña. Si conocéis un poco mi blog, sabréis que siempre incluyo en mis críticas unas líneas, a veces párrafos, para explicar el porqué, el cómo y por quién fue escrita. Así pues, aquellos que quieran detenerse sólo a conocer mis impresiones pueden perfectamente leer a partir de “La obra teatral en sí”. Para el resto, para quien quiera adentrarse un poco más en la literatura castellana y conocer, incluso, más de cerca al escritor, leed los siguientes párrafos. Voy a esforzarme en ser escueto y conciso.

Miguel Mihura: una vida de vaivenes, un autor de vanguardia y una apabullante incomprensión.
Nacido en Madrid en 1905, al ser su padre actor, Mihura conoció desde niño los entresijos, los pros y los contras del teatro. Aun así, después de renunciar a la carrera que su familia había pensado para él y también al estudio de solfeo, de idiomas o de dibujo, por mediación de su padre, se convierte en regente del teatro Rey Alfonso. Su vocación teatral marca las etapas de su existencia, a veces renunciando, otras regresando a una vida que casi por fatalidad le pertenecía, la del teatro. En ocasiones, la volubilidad del juicio del público y de la crítica produce repetidos periodos de silencio, y el abandono temporal de su actividad como dramaturgo. Asimismo  sobresale su dedicación al periodismo con la fundación y la dirección, entre 1936 y 1939 de La ametralladora, una revista de humor, con una perspectiva humorística similar a la futura La Codorniz, también fundada por él. A finales de octubre de 1977, muere tras un coma hepático.

Podríamos decir de Mihura que fue un pionero en un teatro que más tarde se llamó teatro del absurdo. Empero, su público, con el que se esfuerza por identificarse, no responde como él hubiera querido. Sus estrenos iniciales fueron víctimas de tantos y tan extremos avatares: Tres sombreros de copa, tres frustrados intentos, se estrenó veinte años después de su redacción por la incomprensión del público que no entendió el humor amable y denunciador de vulgaridades y comportamientos de la burguesía; ¡Viva lo imposible! o El contable de estrellas fue recibida con indiferencia; o, por ejemplo, Ni pobre ni rico, sino todo lo contrario, que no levantó más que una polémica simplista. A pesar de estas constantes dificultades e incomprensiones, reconoce en el teatro un medio de expresión libre, si bien en cierto modo limitado por la obligación de servir al auditorio. Tal vez esto provocó un cambio en su producción dramatúrgica: de un teatro rompedor y nuevo, pasó a escribir comedias, más complacientes.


La obra en sí.
Tres sombreros de copa, estrenada por TEU de Madrid en 1952, constituye la trilogía fundamental en nuestro teatro de posguerra (pese a ser escrita en 1932), junto con Historia de una escalera de Buero Vallejo y Escuadra hacia la muerte, de Alfonso Sastre. En el caso de tener que decantarme por alguna, me quedaría con la que hoy estamos analizando, básicamente porque la de Buero me resulta un tanto convencional (aunque por supuesto en su momento no lo fuera), y porque la de Sastre aún no he tenido el placer de leerla. La pieza teatral de Mihura me gusta, sobre todo, por su originalidad, su frescura y su naturaleza transgresora. Además, el planteamiento es tan pueril como original: Dionisio, un hombre que en la víspera de su boda, conoce a Paula, una joven bailarina malabarista que representa ese punto bohemio -que ya le gustaría para sí- y que es totalmente al que le espera una vez contraiga matrimonio, pero que, pese a declararle sus intenciones amorosas, es consciente de que sus destinos se oponen y que el encuentro en el hotel donde se hospedan es una mera anécdota entre la monotonía de las costumbres burguesas, en el caso de Dionisio, o entre la inestabilidad y la crueldad de la vida circense, en el caso de Paula. Sin embargo, debo confesar que le he encontrado varios defectos, y que no es tan redonda como pensé. ¿Por qué?, me preguntaréis, pues por los siguientes aspectos que os paso a enumerar. 
En primer lugar, su brevedad y la continua aparición de personajes provoca permanentes cambios de situaciones y de registros. De este modo, hay pasajes muy interesantes como el debate sobre si los conejos se cazan o se pescan o la absurdez de las apariciones de Don Rosario que al ser tan breves, para los lectores es difícil deleitarse con tales intervenciones. Todo va demasiado rápido. Y cuando empiezas a empatizar con el personaje, ya se marcha, o, en algunos casos, no vuelve a aparecer. La velocidad con que acontecen los hechos también se refleja en su estructura: entre los dos primeros actos, sólo han transcurrido dos horas, y entre el segundo y el tercero,  un minuto. Si no me he explicado bien, prueba a ver un vídeo a cámara rápido y me comprenderás mejor.

En segundo lugar, los instantes cómicos están contados. Mucha situación absurda, mucha ridiculizar a los personajes, pero lo divertido brilla por su escasez. Ya sé que el humor de Mihura no es de la carcajada, sino que su comicidad es seria, que que lo que lleva la carga humorística no es la palabra, sino el contexto en el que se circunscribe esa palabra. Digamos que el humor desordena y deforma sistemáticamente la realidad, pero sin eregirse en una actividad caprichosa ni frívola, y tiene como objetivo que los receptores asuman lo más trágico de la vida con una gran comprensión, como diría Pirandello, referiéndose al sentimiento de lo contrario. A continuación os ofrezco un fragmento que ilustra el tipo de humor del escritor.

"PAULA: ¿Entonces, todos los años se va usted a Niza?EL ODIOSO SEÑOR: Todos los años, señorita... Allí tengo una finca, y lo paso muy bien viendo ordeñar a las vacas. Tengo cien. ¿A usted le gustan las vacas?PAULA: Me gustan más los elefantes.EL ODIOSO SEÑOR: Yo, en la India, tengo cuatrocientos... Por cierto que ahora les he puesto trompa y todo. Me he gastado un dineral..."
En tercer lugar, y concluyendo con los aspectos negativos, citaré un problema en cuanto a la ubicación de la acción. Se supone que el escenario está ocupado por una gran habitación, la de Dionisio, con dos puertas a cada lado, por las que entran y salen el resto de personajes. Sin embargo, varias veces me he despistado por alguna acotación poco aclaratoria o por intervenciones como las de Paula, cuando encierra a Buby en su propio cuarto, y no le quiere abrir. ¿Acaso para entrar en su habitación debían atravesar la de Dioniso? ¿El cuarto de la acróbata no tenía una puerta con una salida directa al pasillo? Quizás esto sólo sea otra situación grotesta de la pieza. De hecho, la libertad creadora del autor, contraria a la sujeción de lo sabido, produce situaciones incongruentes, y es entonces cuando las explota para llegar a lo esquelético de la misma y ver con la claridad su oculta o disimulada verdad.


Pese a esto, Tres sombreros de copa es un buen libro, y debe ser una delicia acudir a una representación suya. Y, es que motivos para ir al teatro con planteamientos y diálogos como es de esta obra no faltan. En cualquier caso, voy a mencionar algunas de ellas.

Para empezar, los personajes son fantásticos. Lo mejor de la “comedia”. Un anciano infantiloide y propietario del hotel con un paternalismo tan exarcebado que no duda en acostarse en la misma cama que sus huéspedes con el fin de que no pasen frío. Un hombre que, en el víspera de su boda, no quiere casarse, pues se enamora de una chica esa misma noche, cuya vida bohemia y rutilante le parece más interesante que la aburrida existencia que le depare el destino si contrae matrimonio con su novia. Un suegro férreo en sus valores y marcado por la honra y la reputación. Éstos son algunos perfiles que puedes encontrar en Tres sombreros de copa. ¿Queréis calibrar la grandeza de los personajes? Pues, leed este trocito.

"DON ROSARIO. Ya me conoce usted, don Dionisio. No lo puedo remediar. Soy así. Todo me parece poco para mis huéspedes de mi alma...
DIONISIO. Pero, sin embargo, exagera usted... No está bien que cuando hace frío nos meta usted botellas de agua caliente en la cama; ni que cuando estamos constipados se acueste usted con nosotros para darnos más calor y sudar; ni que nos dé usted besos cuando nos marchamos de viaje. No está bien tampoco que, cuando un huésped está desvelado, entre usted en la alcoba con su cornetín de pistón e interprete romanzas de su época, hasta conseguir que se quede dormido... ¡Es ya demasiada bondad...! ¡Abusan de usted...!"

Tampoco podemos menospreciar cómo Mihura radicaliza los significados de las palabras (a veces de un modo infantil, otras irritante), y deja, pues, al descubrir esa realidad, oculta bajo apariencias grandilocuentes, o vacía a éstas de todo su contenido. Como dice Rodríguez Padrón, “La palabra en Mihura aporta el nivel cómico, lo grotesco; las situaciones, inteligentemente dispuestas, ofrecen la explicitación humorística de aquella percepción inicial de lo contrario.”. “Me caso, pero poco” y “Era militar. Pero muy poco. Cuando se aburría solamente” ejemplifican muy bien este punto.

Asimismo, se lee rápido. No más de dos horas. No más de cien páginas. No obstante, si tu edición viene acompañada de un prólogo, no dudes en leerlo. En mi caso, he tomado la de Jorge Rodríguez Padrón, publicada en Cátedra, para ser más exactos, en la colección Letras Hispánicas. Y, dado que el ritmo no decae en ningún instante, pues la lectura se hace si cabe más sencilla. Por si fuera poco, Mihura nos acerca a Chejov, cuyos cuentos dejan al lector una sensación y es el lector quien los completa por medio de sus reflexiones (sí, como si se tratara de un cuadro impresionista). Con otras palabras, a diferencia con Jardiel Poncela, Mihura no propone soluciones, así que cuando la comedia termina es cuando empezamos a entender que, en realidad, todo empieza ahora.

En resumen, un libro que merece ser leído, que, si bien su interés reside más en el hecho de que “marca la diferencia”, sigue siendo una novela entretenida, entrañable, crítica con las costumbres de la burguesía y con una buena dosis de humor perfecta, sin caer en la carcajada fácil ni tampoco en el ternurismo ni romanticismos vacuos  para ello recurre a ciertos métodos, hasta la inclusión de una purga en la escena. Por cierto, a modo de bonus, os dejo algunos de mis pasajes favoritos.

NOTA: 8

FRAGMENTOS
>> El director del hotel, Don Rosario, y su delirante hospitalidad.
"DON ROSARIO. Ya me conoce usted, don Dionisio. No lo puedo remediar. Soy así. Todo me parece poco para mis huéspedes de mi alma...

DIONISIO. Pero, sin embargo, exagera usted... No está bien que cuando hace frío nos meta usted botellas de agua caliente en la cama; ni que cuando estamos constipados se acueste usted con nosotros para darnos más calor y sudar; ni que nos dé usted besos cuando nos marchamos de viaje. No está bien tampoco que, cuando un huésped está desvelado, entre usted en la alcoba con su cornetín de pistón e interprete romanzas de su época, hasta conseguir que se quede dormido... ¡Es ya demasiada bondad...! ¡Abusan de usted...!"

>>El rico "odioso señor" intenta seducir a Paula haciendo gala de su riqueza.
"PAULA: ¿Entonces, todos los años se va usted a Niza?

EL ODIOSO SEÑOR: Todos los años, señorita... Allí tengo una finca, y lo paso muy bien viendo ordeñar a las vacas. Tengo cien. ¿A usted le gustan las vacas?
PAULA: Me gustan más los elefantes.
EL ODIOSO SEÑOR: Yo, en la India, tengo cuatrocientos... Por cierto que ahora les he puesto trompa y todo. Me he gastado un dineral..."
 
>>Don Sacramento reprochando a su futuro yerno "que es un bohemio" y algún que otro delirio.
"DON SACRAMENTO. La niña se desmayó en el sofá malva de la sala rosa... ¡Ella creyó que usted se había muerto! ¿Por qué salió usted a la calle a pasear bajo la lluvia?

DIONISIO. Me dolía la cabeza, don Sacramento.
DON SACRAMENTO. ¡Las personas decentes no salen por la noche a pasear bajo la lluvia...! ¡Usted es un bohemio, caballero!
DIONISIO. No, señor. […] ¡Pero es que me dolía la cabeza!
DON SACRAMENTO. Usted debió ponerse dos ruedas de patata en las sienes...
DIONISIO. Yo no tenía patatas...
DON SACRAMENTO. Las personas decentes deben llevar siempre patatas en los bolsillos, caballero..."
>>DON SACRAMENTO encuentra dos conejos que EL ALEGRE CAZADOR había dejado debajo de la cama de Dionisio.
"DON SACRAMENTO. ¡Dos conejos muertos! […] En mi casa no podrá usted tener conejos en su habitación...
DON SACRAMENTO. ¡Dos conejos muertos! […] En mi casa no podrá usted tener conejos en su habitación...
DIONISIO. Esto no son conejos. Son ratones... [...]
DON SACRAMENTO. Yo nunca he visto unos ratones tan grandes...
DIONISIO. Es que como éste es un hotel pobre, los ratones son así... En los hoteles lujosos, los ratones son mucho más pequeños... Pasa igual que con las barritas de Viena...
DON SACRAMENTO. ¿Y los ha matado usted?
DIONISIO. Sí. Los he matado yo con una escopeta. El dueño le da a cada huésped una escopeta para que mate los ratones...
DON SACRAMENTO. (Mirando una etiqueta del conejo.) Y estos números que tienen al cuello, ¿qué significan? Aquí pone 3,50.
DIONISIO. No es 3,50. Es 350. Como hay tantos, el dueño los tiene numerados, para organizar concursos. Y al huésped que, por ejemplo, mate el número, 14, le regala un mantón de Manila o una plancha eléctrica."

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