jueves, 21 de mayo de 2015

2 DÍAS PARA MORIR. «En cada ataúd siempre se encierra más de un corazón»

 

En cada ataúd siempre se encierra más de un corazón, apuntó Irene en media cuartilla semanas atrás, cuando todavía escribir y hablar resultaban tareas triviales y corrientes, y no irrealizables, como lo eran ahora. Una enfermera trasladó en camilla a Irene, sedada y reducida a un cuerpo que a duras penas respiraba. La esperaban para realizarle diversas pruebas en la planta de abajo. La camilla se detuvo frente a la puerta de un ascensor. Lo llamó la enfermera, atenta a su smartphone y a los wasap que llegaban. La sanitaria se mordía las uñas, incluso cuando pasaban varias de sus compañeras. Un sonido algo estridente avisó de que las puertas se abrían; vio llegar a otra enfermera. Sin mirar el ascensor, con confianza, empujó la camilla para introducir a Irene. ¡Cuidado, no la metas, detente!, gritó la otra. La cabina no había llegado a esa planta. El espacio era siniestramente negro. Fue demasiado tarde. Irene cayó al vacío, a la oscuridad lúgubre del hueco del ascensor. Dio un alarido, un aullido de pánico, de auxilio, de sufrimiento. En shock, la enfermera también gritó con las fuerzas de que Irene carecía. De pronto, la cabina del ascensor se desplomó. «¡Dios mío! ¡La ha aplastado!», exclamó al escuchar cómo los huesos de Irene fueron triturados por la energía potencial de la cabina.

El informe técnico apuntaba a un fallo del patín retráctil de la puerta, y a que, por razones aún desconocidas, la cabina descendió a una velocidad mortal. El sistema de frenos de la primera planta funcionó, empero la posición de la camilla al caer y el propio resorte de contención del ascensor impidieron que Irene bajara más. La cabina le destrozó el cráneo, los pulmones y las extremidades. Acabó aplastada y con la apariencia de la carne separada mecánicamente.

—Hija, ¡¿esto sí que no te lo esperabas?! Se te quitará la cianosis en lo que dura un parpadeo. Un parpadeo mío, porque con un parpadeo de los tuyos daría tiempo para… ¡Para todo!
—Asunción, no puede estar aquí –la interrumpió el embalsamador–. ¿No le parece macabro y asqueroso ver a su hija muerta sobre esta plancha metálica?
—Cerrar los ojos no va a traerme a Irene de vuelta. Me horroriza más mirar mi reflejo en su carne putrefacta, comprobar lo que intento negarme: que la muerte siempre triunfa.
—Y gracias doy a la vida, que en este trabajo siempre hay clientes y lo bueno es que nunca protestan. Mis clientes no tienen sangre en las venas, son unos sosos.
—Pues le están saliendo hilos de sangre por la nariz y por las orejas a mi niña… Echa ambientador, porque entre el formol y la peste que desprende vomito. Y su carita de dolor y de pánico, como la de un inocentón en Magaluf…
—Todo es normal, Asunción. Nadie espera la muerte, la vida sorprende hasta el último segundo. Ahora márchese. Le haré una incisión en la arteria carótida, le extraeré la sangre y le…
—¿Me está amenazando? Me cago en sus muertos, embalsamador, así se lo digo. Que usted se gane la vida vaciando de sangre, vísceras o de mierda a los muertos no me intimida.
—¡Me refería a Irene! Ahora salga. En media hora me traen al siguiente cadáver, y mira cómo tiene la cara su hija. ¡Es carne picada!
—¿Cree que podrá hacerlo? Está demasiado desfigurada… –respondió Asun con palabras entrecortadas–. Ella no quería ser velada a ataúd abierto. Antes carne para insectos necrófagos y animales carroñeros que carne para el morbo, para el deleite de cotillas que, ante el difunto, no saben hacer otra cosa que valorar el maquillaje, el peinado o su ropa.
—Es un reto, Asunción. Los embalsamadores somos los Goya del siglo XXI, aunque por repercusión estaríamos al nivel de esos poetas veinteañeros que publican en blogs y que solo los lee su madre y el gato. Un día de exposición y al hoyo. Lo de tu hija tiene mala pinta. Va a quedar más Saturno devorando a un hijo que La condesa de Chinchón.


Se metió en el coche y regresó a casa, para cerrar los ojos y asegurarse de que todo era fruto de la más macabra pesadilla. Abrazó a Miguel, que la había esperado sentado en las escaleras porque no se atrevía a entrar en casa y sentirse abrumado por los recuerdos. Demasiado dolor sentía ya. Lloró tanto que no podía llorar más; sufrió tanto que… siguió sufriendo. Asun engoló la voz y le dijo: «Cariño. Irene nos entregó su vida y fue feliz, tenemos que agradecerle el gesto, ¿me oyes? No se merece despedirla, ni menos recordarla, con tristeza. Unidos saldremos de esta». Padre, madre y hermano se abrazaron en el portal sin contener las lágrimas, reconociendo su dolor y recomponiendo a Irene, porque ella esté donde esté posee parcelas en esos tres corazones fragmentados de aflicción y con un simple abrazo restauran su imagen, la traen a la vida.

En el tanatorio, al poner los pies en la segunda planta, escucharon música electrónica. La funeraria había cumplido con lo pactado. Con una botella de tila caliente Martín vio el cuerpo de la difunta. Parecía dormida, en paz. Se le antojó que respiraba, que se movía sutilmente y que tarde o temprano despertaría. Pegó un golpe en la pared de impotencia y gritó por qué, por qué. Miguel tardaría un buen rato en verla tras del escaparate, en encarar el otro lado de la vida. Llegaron el resto de futuros muertos: familiares, vecinos, amigos de la familia, amigos de Irene, Roi, gente difícil de situar en el tiempo y con nombre y apellido… «Servíos –les invitó Asun con una alegría artificial–, ¿qué queréis beber? Tenéis refrescos, anís, vodka, whisky, ginebra, licores con y sin alcohol, de todo… Van a traer mojitos».  Asun se sentó en una de las dos tarimas que había y musitó abatida, mas intentando sonreír: «Lo que hay que hacer por una hija». Una chica de no más de veinticinco años, alta, delgada y con tetas –muchas tetas– entró a la sala. También entró un joven esbelto y musculoso e inflado, quizá, por cortesía de esteroides. Ella, un ministerio de silicona, y él, un ayuntamiento de anabolizantes, subieron a sendas tarimas y derrocharon tanta sensualidad como estupefacción, tanto encanto como extrañeza.

Gente expresando sus condolencias a los padres de Irene, gente consolando a Miguel, o bailando, o empinando el codo… La concurrencia bebía, bailaba y, quien no lograba prodigar un gozo trucado salía al baño, recorría los pasillos o buscaba excusas para ausentarse en lo que dura un llanto eterno. El calor y el ruido restaban nitidez a los ojos. Había niebla, confusión, como la calima en el mes de agosto. Personas entrando y saliendo, saludando y despidiéndose; la multitud nunca era la misma, sin embargo el número no variaba.

Serían las cinco de la tarde cuando los padres escribieron desolados el capítulo que su hija nunca pudo redactar. Sentados en un sofá confortable en un instante que poco o nada tenía de eso.
—Cariño, se nos fue… Se nos fue…
—Dime, Asun, que esto es una pesadilla. Despiértame. Hace nada la tuve entre mis brazos. ¿Te acuerdas? Dime que sí.
—Sí.
—Recién nacida la cogía con miedo por si se me resbalaba, por si le quebraba algún huesecillo… Era tan vulnerable, aunque albergaba tanta vida… Soñaba con el día en que me llamara papá esa criatura que tenía tanto de mí y desbordaba tanta energía, y chorreaba tanta magia. Cerraba los ojitos, apenas los abría… Lloraba, comía y dormía, mientras yo imaginaba un futuro a su lado hasta que ella me enterrara, se despidiera de mí para siempre y…
—Tenemos que escribir el capítulo 2 días para morir. En primera persona para mantener los rasgos de los 58 anteriores. No, mejor en tercera. Mientras lo escribo, puedes leer esta hoja que dejó olvidada en la guantera del coche –se la tendió.
—De acuerdo. ¿Y el último capítulo?
—Lo tenemos en su portátil. Ella me dijo que lo fue escribiendo poco a poco, editando, modificando y tachando palabras, párrafos y el enfoque a medida que su percepción del mundo cambiaba. No lo he leído. Ahora me preocupa más superar con el penúltimo el 11 días para morir, el mejor de todos.

El alcohol invadía el sistema nervioso como los familiares más salidos y babosos incordiaban a los gogós, introduciendo billetes en el elástico del tanga, pretendiendo palpar pectorales o desnudando a la pobre bailarina. En tanto las tarimas se revelaban como alegorías de Alsacia y Lorena en tiempos de menor paz internacional, Martín leyó despacio y aferrándose al estoicismo de un papel cada vez más húmedo por la acción de las lágrimas. Era un descarte del capítulo XV, dejado en la estacada ante el peligro del olvido, mas no por ello menos pertinente.


«En cada ataúd siempre se encierra más de un corazón, eso sí, pocos lo saben. No lo saben, porque viven con los ojos vendados, jugando a la gallinita ciega en una sala abandonada. Nadie. No hay nadie, quizá, la fetidez del pesimismo, el tufo de un encierro voluntario y la sospecha infecta de que los demás conspiran contra uno. También hay quienes mueren sin descubrir que fueron amados, porque no descubrieron el amor, sino sucedáneos peligrosos como la dependencia, los celos y el modus vivendi del ceder.

Sé que no moriré sola; una parte de los que me han acompañado en mi residencia terrenal, también, lo hará. A veces, incluso me emociono y lloro de pura alegría –la causa más noble– al contemplar que sí he sabido entender este juego, que sí he sabido amar y fluir, aunque no tanto como hubiera deseado, y que he gastado este viaje con las personas adecuadas. Cuando miro a mis padres, a mi hermano, a mi familia, a mis amigos y a todos aquellos a los que quiero, me atraviesa una luz de los pies a la cabeza. Satisfacción, felicidad o plenitud. Llámala como quieras. Lo importante es que me eleva de tal manera que necesito gritarle al mundo lo feliz que me siento, la alegría de haber entendido las reglas del juego de la vida, donde el manual de instrucciones no existe, porque, si existiera, solo podría ser escrito por los difuntos, los únicos que han jugado en los dos bandos».

—Esto es miel para mí, cariño.
—Me alegra que te encuentres algo mejor, Martín.
—¡Eso nunca! Irene está muerta: no puedo sentirme mejor.
—Quería consolarte. Hablas de miel.
—No hay miel suficiente para tanta tristeza y sería mal padre si me sintiera bien.
—¡Yo también la quiero! Hay otras maneras de expresar el dolor más allá del llanto. Solo digo que temo que con tanto sufrimiento acabe estancada en el pasado. Quiero mirar hacia delante, pero ante mis ojos solo veo un muro de hormigón. No sé cómo superarlo.
—Yo tampoco. Dicen que el tiempo lo cura todo, que saldremos de esta, pero ¿y si nos olvidamos de ella? Me llenaría de angustia levantarme una mañana y no pensar en Irene u olvidarme de su voz y de su mirada.
—Ya he escrito el capítulo 2 días para morir. Te lo leo. «Irene ha muerto».
—¿Ya? ¿Solo tres palabras?
—Detrás de esas palabras hay mucho mensaje. Y no me apetece compartir mi intimidad. También quiero guardarme este instante. Deberíamos entregarnos más a menudo a nosotros mismos.

Por la noche en la cafetería del tanatorio cenaron empanadillas rellenas de tristeza, de rabia y de culpa, también ensaladilla rusa guarnecida de ansiedad y autorreproches y algo de lechuga mustia aliñada con confusión, dificultad para respirar e intrusivas imágenes mentales de la muerta. El agua fresca les secaba aún más la boca. Cuando no miraban al suelo, miraban las mesas vacías o la entrada buscándola hasta creyéndola ver. Cuando no miraban los rincones deshabitados, cerraban los ojos y la llamaban con el pensamiento, sintiendo incluso un abrazo en el alma de una Irene marchita y maniatada con las esposas de la igualadora. Mas solo era una sensación. Nunca miraban los platos, como tampoco se miraban entre ellos.

Subieron a la sala apretando bien la mano de Miguel o, más bien, Miguel subió a la sala apretando las manos de ellos.
—Hijo, ¿estás preparado de verdad para ver a tu hermana?
—Sí, papá.

Dio un paso más. Frente a frente a la plancha de cristal, y a la difunta.
—Hermanita, ¡te lo dije! Te dije que, si te llamaba la muerte, no le abrieras la puerta –Miguel temblaba.
—Hijo, pero…
—No se le parece mucho… Yo creo que no es Irene, tiene la boca algo rara y la piel…
—Es ella, Miguel. No va a volver.

El pequeño enfiló hacia la casa de unos familiares, de la mano de una señora que transmitía el privilegio de poseer alegría, aunque acartonada. No mucho más tarde las plañideras comenzaron a largarse a cuentagotas dejando los sillones de piel sintética aún algo aplastados por el efecto de sus pesadas nalgas. El ambiento tornó silencioso, si bien persistía en su frialdad y en su deshumanización. La única vida que se percibía en aquella estancia no eran los padres de Irene y cuatro sombras más, sino las coronas de flores alrededor del ataúd. Pretendían dormir, sin embargo, su sueño podía competir con la duración de un parpadeo. No por cerrar los ojos se consigue adormecer la culpa irracional y el pude hacer más por ella y el debía haberla llevado al médico mucho antes.

En el funeral laico, a la mañana siguiente, el duelo gravitaba sobre los dolientes. Al igual que Martín, Miguel, alguien más de la familia y una amiga de Irene, Asun pronunció unas palabras en honor a la difunta al tiempo que mascaba un chicle de aflicción y de alivio. Inagotable, insípido.

«Mi hija ha muerto. Es duro, es harto difícil decirlo sin sentir rabia, impotencia y un nudo cruel en la garganta, es, además, imposible visualizarlo, hacerme a la idea y confiar en que algún día lo superaré. Agradezco vuestro apoyo, vuestro cariño, aunque eso no me la traerá de vuelta. Por lo visto, tendré que acostumbrarme a hablar de ella en pasado, a pesar de integrarla en mi presente. Irene fue buena hija, mejor hermana, y mucho mejor persona. También cabezota, algo vaga, a ratos insoportable y demasiado soñadora. Y aunque tenía motivos para escupirle y patearle la espina dorsal a la vida, la amaba. Luchó. Me consta que fue feliz; ese es mi consuelo, un delgado cojín en una cama de clavos.

»A carcajadas me reía cuando mi hija decía que el ser humano es un caracol que arrastra un caparazón más pesado y más despótico que un flotador de plomo: la conciencia, la mente y las cadenas que nos atan a ella. Podría engañarme y afirmar lo contrario a lo que siento, de lo que sufro, sin embargo, solo existe la soledad. Tú albergas soledad, el otro alberga otra soledad; somos suma de soledades. En nuestra soledad vanidosa se aloja el querer ser diferentes, aunque, para bien o para mal, somos idénticos: contenemos la misma esencia.

»Una vez leí un poema de César Vallejo que decía así: «Cuando alguien se va, alguien queda. El punto por donde pasó un hombre, ya no está solo. Únicamente está solo, de soledad humana, el lugar por donde ningún hombre ha pasado». De este modo, Irene se va, pero Irene se queda en mí y en cada uno de nosotros, porque ella, la soledad humana y la muerte tan eternas son como Catulo y Borges, como el agua y el aire. Ninguno de nosotros correremos mejor suerte. Mi sufrimiento, mi amor hacia mi hija e, incluso, mi humor negro tienen los días contados, eso sí, no desaparecerán de la Tierra antes que mi último suspiro».

Juraría que cuando abandonó el atril, miró a la concurrencia y espetó un «aplaudan, coño, aplaudan».

El duelo persistiría mucho tiempo en casa de los Meroño. No hay amigo más leal que el sufrimiento. Recorre autopistas, sobrevuela los tejados, se enquista en las entrañas y rodea los coches fúnebres. En el cementerio bajaron del coche a la difunta. En torno a ella, un círculo de dolientes. Apartándose con las mangas del uniforme el sudor, los sepultureros seguían cavando un hoyo cada vez más profundo. En el relativo silencio que permiten los llantos, las respiraciones vehementes y los mocos siendo sonados, la caja se acercó a la sepultura. Comenzó a descender, descendía, descendía… Descendió.

Un sepulturero, cincuentón, quemado por el sol indolente, nada pudoroso, y no menos relamido, interrumpió lo trágico de los acontecimientos.
—Súbase los pantalones por lo que más quiera, hombre, que le estamos viendo la raja del culo –exclamó muerto de asco Carlos.
—Y encima es que no es un calvo, es la cresta de un punky. Depílese, depílese, que a este paso solo se va a acostar con cadáveres –dijo Asun.
—Me los subo, perdón. Ya le vale a usted, en el entierro de su hija y soltando todas esas locuras.

IRENE MEROÑO (1995-2015) A los 19 años, porque en la vida no siempre hay escaleras o porque a menudo solo hay ascensores. Tu familia y tus amigos no te olvidan.


1 DÍA PARA MORIR. Estreno MAÑANA a las 16.00

23 DÍAS PARA MORIR. «Aun muertos los hijos de putas lo siguen siendo»

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