viernes, 17 de abril de 2015

36 DÍAS PARA MORIR. «Carpe mortem, carpe agapem».

 
«Carpe mortem, carpe agapem… Tomé con determinación la jeringuilla, empujé el émbolo hasta desahuciar el aire y verifiqué que del bisel de la aguja comenzaba a salir el líquido blanco. Era curioso que, de un utensilio que otras veces había prorrogado mi despedida, esta vez tuviera un fin tan distinto. Aprisioné en mis pulmones bocanadas incontables de aire; había llegado el momento de hacerlo. Lo hice. La clavé e introduje en el cuerpo todo el líquido mortal. Al pollo deshuesado no debió de importarle, es la ventaja de estar muerto, como tampoco le agrió el carácter el hecho de que después lo hinchiese de trozos de manzana golden y ciruelas secas. Seguí las instrucciones de la receta a rajatabla, aunque admito que opté por la estimación de las cantidades de mantequilla, de agua o de vino en vez de la medición exacta.   

—Hija, ¿qué haces cocinando? Tenemos a Angelines para estas cosas.
—Es mi siguiente deseo de la lista. Como os vais, voy a invitar a mis amigos esta noche.
—Irene, con la poca vida que te queda, ¿cómo la pierdes en hacer un pollo relleno? A ti no es que te queden dos telediarios, es que en lo que tardas en rellenar otro pollo, estás incinerada.

Mi madre se quedó mirándome con extrañeza. Oteó los edificios de cacerolas, cuencos y sartenes que levanté sobre la encimera. A la altura del granito, los utensilios se escondían por esa ciudad metálica y rehuían mis manos. El siguiente paso: coser el pollo con palillos e hilo. 
—Irene, eso mismo te harán así. Te rajarán, analizarán tus órganos y te coserán. Y al crematorio.
—¿Qué ganas removiendo el dolor que siento?
—Distanciarme. ¿Qué crees, que por mucho que no hablemos del tema, no te harán la autopsia en 36 días, que no serás un puto fiambre?
—¿Tanto te cuesta entender que quiero vivir?
—Pues vas lista. 

Rociado con vino de Jerez y aceite de oliva, salpimenté el pollo y lo metí al horno. Lo observé durante un par de minutos y medité sobre la conveniencia de seguir las normas. Desprecié los siguientes consejos: cubrir la pechuga con papel de aluminio, no cocinar una pieza demasiado grande y asar con lentitud, sin superar los 180º. ¿Qué más da unos grados más? Seguro que esas notas y esos trucos no eran más que trabas con que sucumbir en el intento bajo los pies de la desgana».


Irene Meroño miró el reloj de la cocina fijamente, como queriendo poner en práctica la telequinesia. Estrepitoso fracaso fue aquel. El tiempo no da tregua, el pasado no vuelve o, tal vez, los que no volvemos somos nosotros. La física cuántica afirma, incluso, que el tiempo no es lineal, que lo que existen son los tiempos fractales lineales cuyos dueños somos nosotros, los observadores. En siete horas daría comienzo la gran fiesta con amigos que estaba preparando Irene. Mataría dos pájaros de un tiro o, más bien, tacharía dos deseos más de su lista. Por teléfono, invitó a una veintena, pero, muy a su pesar, el número de invitados se redujo a once, tras largas, excusas y condescendencia.  

A continuación, se dispuso a preparar su primera tarta de tres chocolates con el espíritu de seguir con plena fidelidad la receta, sin embargo, el procedimiento fue más laxo, más flexible, de lo planeado. Del horno emanaba un olor magnífico, que le permitió creer que al fin y al cabo se desenvolvía en la cocina con la soltura necesaria para que sus platos fueran el punto de encuentro de la creatividad y la exquisitez.

Primero, comenzó triturando las galletas con un rodillo. Sintió entonces un hormigueo por los brazos, el primer indicio de que la enfermedad degenerativa ya no tendría ni un ápice de piedad. No le quedó otro remedio que recurrir al robot de cocina. A lo triturado le sumó la mantequilla derretida. En tanto compactaba con las manos la masa sobre el molde, vinieron a su memoria su infancia y aquellas tardes entrañables junto a Natalia, su mejor amiga, preparando coloridos pasteles de plastilina con el set de Play-Doh.

«Irene, nos vamos, te quedas sola en casa. Que la suerte te acompañe, porque la muerte ya lo hace», se despidió su madre. Una tabla de chocolate negro, un brik pequeño de nata líquida, algo menos de un vaso de leche y un sobre de cuajada. Era el turno de preparar la primera capa y, también, al mismo tiempo, la segunda, la de chocolate con leche. Dos cazos a los que atender, dos brazos con que mezclar los ingredientes. «Estaba claro, las recetas no hace falta seguirlas; con un poco de intuición y atrevimiento haces dos pasos a la vez», reflexionaba. ¿Cómo iba ella a acatar las normas? ¿Dónde está la intuición, la rebeldía o, simplemente, la seguridad en uno mismo? No, ni hablar, preparó las dos capas a la vez y subió el fuego. Tenían que hervir, ¿qué podría salir mal?

—Mierda, mierda, se está quemando el chocolate negro… Me duelen los brazos. Joder, el chocolate con leche tiene grumos… Bueno, seguro que se lo comen todo, porque, claro, a los enfermos terminales hay que dejárselo pasar todo… Como si estar a punto de morir te hiciera menos hijo de puta.

A continuación, vertió cada capa en el molde directamente, y no como su madre y el recetario le indicaban, esto es, vertiendo el contenido de cada cazo sobre una cuchara para que amortiguara la caída y no se mezclara con la anterior. Subestimó las leyes de la física en relación a la energía potencial y a la energía cinética, pero, también, las de la tradición. De hecho, sus padres comentan esto en el sofá después, en un momento en que la vida ya no forma parte de ella.

—Nunca aceptó el sistema. Siempre rebelde, siempre intentando poner la zancadilla a lo preestablecido, y ahora mira, Asun, dónde está.
—Cariño, ¿otra vez? Claro que hizo bien siendo crítica, hay más de 7000 millones de personas en el mundo, pero ni un millón de cerebros activos. 
—¡Tonterías! Las cosas son como son. Irene siempre quiso cambiarlas, aunque fueran inamovibles, fijas.
—La adolescencia, esa es la culpable. Tengo la impresión de que en sus últimos sesenta días de vida iba perdiendo madurez: de ser una joven adulta, pasó a una adolescente y, luego, a una niña.
—Hizo lo mismo que todos. Creyó que podía cambiar el mundo, el sistema, desde fuera, pero ¿cómo hacerlo cuando formas parte de él? Las revoluciones deberían iniciarse desde dentro…

Los padres siguieron leyendo el capítulo 26 de su adiós anunciado.

«Por último, la capa superior, la de chocolate blanco, la hice con toda mi dedicación, oteando la mezcla. Empero, las prisas me arrastraron a apagar el fuego antes de que hirviera. Para más inri, tampoco arañé la capa central con un tenedor a riesgo de que se mezclara con esta. 

A la hora de la cena desmoldé la tarta y comprobé que saltarse ciertas normas tiene consecuencias, que las capas aparecían tan mezcladas como mi mente, y que la capa de chocolate blanco no se había cuajado.

Antes de que esto ocurriera, cuando aún faltaban cinco horas para recibir a los amigos y celebrar mi fiesta, la última, sucedieron otras cosas. Resumiendo, preparé la mesa, encendí el reproductor de música y metí un cedé con una lista de canciones festivas. Hoy no era día de llantos, de tristeza, ya había llorado muchas veces a lo largo de mi vida y especialmente este último mes. Quería ser feliz durante tres horas sin pensar en que dentro de unos días mis padres celebrarían en torno a mí otro aniversario, el de mi muerte. Necesitaba ser feliz con mis amigos, despedirme de ellos. No pedía tanto.


Acicalada más de ilusiones que de afeites, fui recibiendo pequeños, educados, tiernos, dulces y afectuosos mensajes, llamadas y wasaps.
“Se me ha roto el coche, no puedo ir. Lo siento, cariño”.
“No puedo dejar el perro solo en casa, que ladra y los vecinos se quejan. Nos vemos pronto”.
“Nos han puesto un examen sorpresa, no iremos a tu fiesta”.
“Al final no voy a tu fiesta, perdóname, amor”.
“Me ha venido la regla, Irene, no estoy de humor, otra vez será”. Sí, en el infierno, hija de perra, pensé.
“No puedo ir a tu fiesta, mi novia tiene un retraso, vamos al médico”. ¡Y si se sorprende ahora el muy mamón! Tu novia es retrasada y te pone los cuernos, orco de metabolismo lento, me dije para sí misma.
“No voy a tu fiesta, tengo que comprar un mantel con mi madre”.
“Me he levantado con diarrea, te envío una foto como prueba”. Ojalá te mueras antes, Natalia, para ir al cementerio y escupirte o vomitarte en la tumba, la maldije.

La fiesta se desmoronó como mi tarta de tres chocolates, como yo misma. La estabilidad parece que no existe; la felicidad, tampoco. En cada alegría, siempre hay tristeza; en cada comienzo, una despedida; en cada cena, un hambriento; en cada casa, un sin techo; en cada camino, alguien que está corriendo y no encuentra un lugar donde parar, alguien que se busca y busca y descubre que está solo en el mundo como los otros habitantes de la Tierra. Cené con la soledad de Alicia y Marcos, los únicos que se dignaron a venir, quizá los menos cercanos a mí de los once invitados, pero quizá los más fieles, los más amigos. Alicia siempre ha sido como las ayudantes de los magos, que aparecen y desaparecen, pero que, en el fondo, siempre están. Marcos, por su parte, es el eterno soltero, el plan B cuando los amigos discuten o rompen con las novias.

Podría decir que disfruté, que no me importó cenar casi a solas en mi última fiesta pese a ser tres gatos, que bailamos como si no hubiera un mañana, que bebimos hasta reventar, que jugamos al strip poker, o que nos acostamos hasta las tantas, pero no recurriré a la mentira. Hablamos más por cumplir que por deseo, nos contamos miserias, y escuchamos música propia de juergas y garitos, sentados en el sofá jugando al parchís. Intentando matar las fichas de mis adversarios a la vez que pretendía asesinar la idea de que los que creí amigos eran unos traidores egoístas.

Recuerdo que Marcos me dijo: “No pienses eso de ellos, quizá no están preparados para sufrir tanto, quizá temen hacerte daño con ciertas palabras, quizá la situación los supera. Nadie está preparado para decir adiós con serenidad y fuerza aparentes cuando se llora desesperado por no encontrar el modo para que nunca te marches”. ¿Y por qué no? Tal vez los ausentes no fueron malos amigos en su momento. Que el aquí y el ahora me demuestren la crueldad, la falta de amor y el rechazo, no significa que antes no me quisieran. O no. Fui feliz en su compañía y me consta que ellos conmigo también lo fueron. Soñé que estaríamos siempre unidos y me consta que ellos también lo soñaron. Descarté la posibilidad de acabar abandonada por ellos, y aquí estoy, descartada, abandonada. La gente te deja en la cuneta o eres tú quienes los deja, no sé. No sé si quiera qué hago en esta vida, escribiendo, cuando estoy tocada de vida, o tocada de muerte. Siento frío, tengo frío. Ya es tarde».

Irene cayó al suelo. Los dos amigos intentaron reanimarla. Perdió el conocimiento. Avanzó hacia su epitafio.

32 DÍAS PARA MORIR. PRÓXIMO CAPÍTULO, martes 21 de abril a las 11.00. 

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