lunes, 6 de enero de 2014

Villancicos y villanos: "Una isla llamada felicidad" (IX) - Final

CAPÍTULOS
>  1. EN BUSCA DE LA SUERTE PERDIDA (Pinchad sobre el título para leerlos)

Con el día de los Reyes Magos las Navidades se despedían, para desdicha de estudiantes ociosos, que venderían su alma al diablo por regocijarse aún más tiempo en el periodo vacacional, y también, para la desgracia de los tres hombres. Cuando el más dormilón de ellos, Antonio, se despertó, encontró a sus compañeros sentados alrededor de la mesa. Una mesa que atestiguaba la vagancia de aquellos varones para con la limpieza. Sobre ella, seguían las tazas de chocolate de la noche anterior, que habían dejado sobre su superficie circunferencias, trazadas por chocolate reseco.  Junto a ellas, dos trozos moribundos de roscón de nata acompañaban a los tres varones, que contemplaban como la cutrez de su vivienda poco difería a la de sus vidas. Sin más dilación, nada más ver a Emilio embelesado con su teléfono inteligente, le pidió que buscara por Internet aquel blog que había arrancado la privacidad de sus vidas, desde que su autor había decidido tomarse la libertad de subyugarles a ser carne de curiosos lectores.

- ¡Mierda, mierda, ha vuelto a escribir sobre nosotros! –dijo Emilio-.Todo lo que hicimos ayer lo ha desvelado en un capítulo que se llama “Tres reyes nada majos” y lo cuenta todo: lo que le dijiste a la pobre niña que mezclaba español e inglés y al zagal afeminado, mis deseos de ser padre, y hasta por dónde buscamos las cámaras.
- Lo siento, amigos -replicó el sacerdote-, pero esto es peor de lo que me temía. Si algún conocido, lee ese blog y nos reconoce, puede chivarse de que pagué a una prostituta, de que no vivo en mi casa y de cómo me comporto. ¡Dios, líbrame de esta pesadilla! ¡No quiero que me suspendan a divinis de mi cargo ni acabar en la cárcel! Y, vosotros igual, el secuestro de aquel niño, o sea, de tu nieto, Antonio, nos puede meter en un follón de los grandes.
- ¡Sí! Pero, ¿qué hacemos? ¿Matamos al sinvergüenza que escribió sobre nosotros? –propuso Emilio.
- No seas, bestia –terció Antonio-. Si ni conocemos su nombre, ni su edad, ni su sexo, ni dónde vine. Nada de nada.
- ¡Oh! Ya estoy viendo la cárcel y no quiero –prosiguió don Francisco. No quiero ir a prisión y acabar rodeado de sarasas sodomitas, deseosos de que en las duchas mi pastilla de jabón caiga al suelo, y aprovechar el desliz para aliviar sus pasiones más bajas. ¿Por qué el Señor hizo de mi anatomía un templo para el pecado? A Dios pongo por testigo, que jamás me tocaran ni un pelo esos presos, que ya no hacen ascos al pescao por la falta de carne.
- ¿De qué vas Paco, de rompecorazones? Te voy a decir una cosa. Aunque fueras el último hombre en la Tierra, toda mujer preferiría aparearse con una cucuracha que antes contigo –se burló Emilio de él-.
- Mira, yo respeto a todo el mundo, no soy como mis jefes, yo respeto que a un hombre le gusten otros hombres, o que a una mujer se sienta atraída por un chimpancé… Pero, yo soy frío y casto como las gambas ultracongeladas del Atlántico, ya os lo dije… Pero, si supierais el tirón que tiene las sotanas… Es más, cuando estuve visitando monasterios por Burgos, una monja concupiscente me quiso llevar a su celda y hacerme guarradas, y hasta un cura julay se encariñó de mí. Por suerte, cuando le dije: “¡Ey, amigo homosexual, que no vea tus manos en mi mazapán!”, la cosa no fue a mayores.
- Bueno, dejad ese tema. Ahora lo que importa es lo del blog. ¿Qué vamos a hacer? –interrumpió Antonio.
- No sé vosotros –respondió don Francisco-, pero yo me voy… a mi parroquia. A mi casa, que la Iglesia me paga y ya está.
- ¿Cómo que te vas? Eres un cobarde: al primer problema huyes –dijo ofendido Emilio.
- Emilio, el cobarde será tu puto padre. ¿Es que no te das cuenta que lo importante de nuestra historia es que estamos juntos? Si nos separamos, al imbécil del blog no les interesará para nada nuestras vidas. Además, yo no me voy a arriesgar a que mis superiores me arrebaten el derecho de ser sacerdote.

Intentaron retenerlo y reorganizar los planes del párraco, motivados por el miedo a las represalias y el valor de virar los acontecimientos, cuyo final parecía cada vez más funesto. Sin embargo, desde pequeño, fue muy testarudo y de ideas firmes, hasta el punto de que a los seis años ya soñaba con el momento en que celebraría la primera misa, o bautizaría a un futuro cristiano. También, es cierto que se sentía con las fuerzas necesarias como para ponerse al frente de su iglesia con el vigor que no poseía desde hacía muchos años. Si hace seis meses le hubieran dicho que, junto a Emilio y a Antonio, volverían a brotar en él la confianza en el ser humano y la fe cristiana, don Francisco probablemente habría pensado que querían tomarle el pelo. Fuera como fuera, ahora el sacerdote había advertido que había gente buena en este mundo y que merece la pena luchar y dejarse la piel por quienes amamos, y, en efecto, eso es lo que había hecho: había sacrificado su sosiego por alegrarles la miserable existencia de sus compañeros, aunque eso se tradujera en ser cómplice en un secuestro o en relacionarse con una prostituta.

Al final, la despedida fue más difícil, porque no sólo se marchaba el sacerdote, sino que Emilio decidió hacer las maletas para mudarse a la casa de su progenitor, porque, pese a sus diferencias, le entristecía que aquel señor septuagenario viviera sus últimos años en la más completa soledad. Antonio fue el más reticente a abandonar la casa, y no porque le resultara agradable y hogareño aquel apartamento vetusto y rancio, sino porque, como buen nostálgico, le dolía desvincularse de aquella estancia en la que revivió las satisfacciones de la amistad y el amor. Con todo, al recordar que el casero los había amenazado con expulsarlos del piso por no pagar los tres últimos meses del alquiler, el jubilado hizo de tripas corazón y llamó a su hija para instalarse en su casa. “Me tienes para todo lo que necesites, papá.”, le había dicho, y eso es lo que él haría: aferrarse a sus palabras y al calor de una familia.


En definitiva, don Francisco, Emilio y Antonio se dispersarían por la ciudad. Y así fue. Desde entonces, sus lazos afectivos estuvieron menos atados, mientras su realidad los atrapaba en el hastío y la rutina. No obstante, a pesar de la distancia, nunca olvidaron lo que aprendieron en el tiempo que pasaron juntos, o sea, que en la vida no hay cosa más maravillosa que el amor. Que ser amado es, simplemente, una sensación basada en la esperanza y la ingenuidad; que, en cambio, amar es una percepción real, ya que nadie puede dudar de su propio amor. Además, cuando se ama, el odio desaparece y la felicidad emerge, aunque toneladas de tierra intenten enterrarla o los problemas económicos y de salud acechen, porque contra amoríos frustrados, enemistades, enfermedades o problemas pecuniarios, la mejor medicina es el amor.

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