viernes, 27 de marzo de 2015

57 DÍAS PARA MORIR. «Descree como Dios manda».

 
Descree como Dios manda. Ese es el lema que me acompañó en los meses de nanas y biberones, el que me entretuvo cuando mis amigos acudían a la Iglesia, el que me escoltó en mis aventuras ante las lenguas fisgonas y fariseas, el lema que debía acompañarme hasta la tumba. Pero, con la muerte en los talones, mi sólido ateísmo se derretía a la velocidad de un helado en Venus.

Me desperté aquella mañana con la intención de dar un paso definitivo hacia mis creencias, a bautizarme. Vestí a mis cuervos con esmóquines de pelícano, a pesar de que el halcón de mi cabeza seguía picoteando mi mente cargada de dudas. «¿Creo en Dios o quiero creer en él? ¿Qué me lleva hasta aquí? ¿La fe o el miedo?», me preguntaba. Departí todo el santo día conmigo misma, afirmando una cosa y, al segundo, la contraria, revisando los teoremas que me hicieron atea y valorando, luego, la fe que me conducía a dejar de serlo. Es fácil negar la existencia de un ser supremo cuando estás en la flor de la vida, cuando intuyes que aún queda mucho por vivir. Es fácil hasta que te encuentras con la muerte en las narices, a 57 días de distancia, y más cuando ni la ciencia ni el credo pueden trastocar los planes del destino.

Aquel sacerdote que consumía las tardes en aquella funeraria sombría y gris fue quien me atrajo hacia el cristianismo. Tras dar cientos de vueltas tanto por mi habitación como por mi psique, lo llamé dos días atrás.
—Francisco, soy Irene Meroño, la de la funeraria, la que se va a morir.
—…
—¿¡Cómo que no me recuerda, calvo de mierda!?
—…
—Sí, soy la que le amenazó con arrancarle los huevos y se cagó en sus muertos –contesté con una naturalidad pasmosa–. Perdone por lo de ayer. ¿Podemos vernos? Necesito reorientar mi vida… Creo que creo en Dios.
—…
—Esta tarde a las siete en la plaza de la iglesia. Adeus.

Procuré ser puntual. La fría Galicia fue el escenario de mis reflexiones, y de mis contrastes. Pero, ella permanecía impasible tanto a la pulcritud de mi vestido gris con bordados en rojo cereza como a todo lo que irrumpía en mi mente con la fuerza devastadora de un ciclón.

Ni la actividad de conocimiento científico ni la transformación técnica de la naturaleza ni la actividad social y política han despojado al ser humano de un déficit. Una carencia invisible, pero de muestras evidentes; un resto de naturaleza desconocido que a veces amenaza y otras veces maravilla.

Existe en la propia condición del ser humano una zona de oscuridad que ni la potente luz solar ha conseguido iluminar. Esta zona es, al mismo tiempo, el corazón que, en la sístole ventricular, bombea y oxigena nuestro deseo de saber. Un deseo del que aseguro que no habrá un zahorí que descubra los manantiales de esta cosmología inalcanzable.

Sentada en un banco, con la iglesia al fondo, esperé al expárroco, quien, cinco minutos después, vino con un paraguas en la mano previendo, quizá, que las nubes negras solo podían anunciar tormenta. Tras romper el hielo con banalidades, consideramos mi ateísmo desgastado.
—Francisco, ¿realmente cree en Dios?
—Creo en la humildad, en la compasión, en el amor al prójimo, en la bondad del ser humano. Eso es Dios, luego creo en Él.
—¿Y qué me dice de los jeques del petróleo?–me asombré–. ¿Y del pasotismo de las instituciones ante el Ébola? ¿Y de la corrupción y del mercado negro?
—Eso no quita que los cristianos sean pura bondad.
—¿Me está diciendo que los no cristianos son mala gente? Le recuerdo que muchos discriminan al diferente, que están en contra del progreso de la ciencia, que alardean de tolerancia y de humildad, pero luego son los primeros en juzgarme por ser atea o por acostarme con quien quiero… Y luego está la cúpula de la jerarquía eclesiástica –escupí–.
—Llamarte cristiano no te hace serlo. Hay mucha hipocresía, de ahí surgieron las procesiones y los rituales públicos.
—¿Sabes? Me choca demasiado la palabra de Dios. Mucho hablar de humildad, pero luego es el primero que nos exige que lo amemos si queremos salvarnos del fuego eterno. Eso es coacción y prepotencia, aquí y en Albacete.
—Virgen Santa, Irene –se escandalizó–.
—Ni virgen ni santa, Padre. Que solo le falta apuntarnos con una pistola en las sienes.
—Lucas 14: «Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado».
—Si humillado es, otro cosa no, pero humillado sí que está Dios.
—Niña, si ha venido a patear mis creencias, váyase por donde ha venido. Está claro que el ateísmo es otro modo de nombrar la intolerancia. ¿Crees en Dios o no?
—¿Sinceramente? Pues no tengo ni idea. Siempre he sido de escupir en crucifijos y tal, pero ahora que... Creo que… Quiero decir que…
—¿Qué quieres decir? ¿Que crees en Dios?
—Pues no lo sé. No sé si creo en Dios o si quiero que crea que creo, cuando en verdad no creo, aunque quiera creerlo, o creo que quiero creer que en Él no creo.
—Comprendo… Ahora en español, querida.
—Pues que no creo, pero quiero hacerlo, quiero bautizarme por si acaso. A ver si va a ser verdad lo del infierno y, por incrédula, paso una eternidad bien jodida.
—De acuerdo. Pues vete a casa, que ya hablo con el cura y el viernes ya serás oficialmente cristiana.


Ya en casa, por la noche, les anuncié a mis padres mi inminente bautizo. Con ello reventé las pretensiones de una cena tranquila. Mi padre enmudeció enojado; en cambio, mi madre fue más visceral. Con las anteojeras de su ateísmo se marchó azotando el aire con su servilleta de tela. «¿Bautizarte tú? ¡Y que quieran prohibir el aborto, joder! Yo no sé cómo, siendo tan imbécil, sigas viva. Bueno, aunque por poco tiempo», acuchilló mi madre la compasión protocolaria e hipócrita. Subí las escaleras de dos en dos, de inmediato, y ocupé el baño. Me duché, entonces, con agua fría; sentí cómo la fatiga y las dudas se iban por el sumidero. Mas, no todas. ¿Cómo olvidar que en menos de dos meses seré polvo? Me muero y, ante esto, ¿cómo mantener la calma?

No estaba sola. Angelines, la doméstica, a sus 26 años se sublevó contra la rigidez de mis padres. Mi novio Roi, también. Con ella aprendí las oraciones católicas básicas y conocí los más célebres pasajes bíblicos. Conmigo, ella descubrió mi inmunidad ante los sentimientos de culpa y conoció mis dudas ciclópeas. Con Roi me explayé. Salimos el miércoles a tomar lo de siempre en el restaurante de siempre y a la hora de siempre. Hablamos de lo de lo siempre, pero también de mis dudas.

«Lo que revela a Dios lo sigue manteniendo oculto, Roi. Menuda paradoja, ¿verdad? Por mucho que progrese la humanidad nunca se podrá reducir a Dios. Es tan grande el miedo a morir que… Yo no sé. Vencer el miedo es vencer a la religión, me dirás. Pero también es posible que me haya aferrado al ateísmo desde que nací para no temer… Es cómodo pensar que nuestros actos no traen consecuencias… ¿Y si…? ¿Y si…? Hay tantos por si acasos… ¿Por qué en cada sociedad prevalece siempre una religión? ¿La fe es real o simplemente una costumbre que se perpetúa? Supongo que el sistema de valores de cada sociedad influye… Pero, ¿y si el cristianismo no es la religión verdadera?».

El vehículo que me condujo al cristianismo fue un autobús; Roi y Angelines, mi compañía. Un trayecto guarnecido por los continuos besos, y habituales, de mi novio y por la catequesis espontánea de Angelines, que a sus 26 años profesaba una fe casi obsesiva, la propia de quienes ansían el regreso de la Semana Santa con sus procesiones y estandartes, con la ilusión de un niño en la noche de reyes.

De repente, cotidianidad violada. Una vía, dos carriles, dos sentidos, una parada del autobús, un joven motorista impaciente, línea continua, un adelantamiento prohibido, una ciclista respetuosa… Peligro, peligro. Miedo, pasmo, siniestro, bloqueo, terror. Terror. Choque. Silencio. Negro. Sangre. Adiós. Muerte. Muerto… ¿Muertos? Muerto. Murió el motorista que quiso adelantar al autobús sin deber. Adelantó no al autobús, sino a su propia muerte y casi a la de una joven en bicicleta. Dos cuerpos en el suelo. El motorista muerto al maniobrar a la desesperada. Ella, con la cadera rota y con la pierna izquierda para amputar, era toda sangre, pero respiraba. Su vida era un milagro. Dios existía. Que muriera el motorista no me importó, porque quien no se respeta ni a sí mismo ni a los demás y es capaz de hacer peligrar la vida de los otros, no merece ni un llanto. Solo desprecio.



En la Iglesia, sentí estar en el camino correcto, y más aún cuando vi sentada en uno de los bancos laterales a mi madre con un destornillador en el bolsillo. Comenzó la misa. No habría más de cincuenta personas, pero las suficientes para carecer de escapatoria. Treinta minutos de espera. Y llegó. «Estamos aquí para celebrar con Irene sus primeros pasos por el sendero de Dios, nuestro Señor, quien guiará nuestros almas hacia la luz. Acércate hermana», me pidió el sacerdote.

Bla, bla, bla… Roi, mi padrino, encendió una vela. Nos acercamos a la pila bautismal.
—Irene, ¿has venido a comulgar…?
—A comulgar, no, padre. A bautizarme.
—Decía, Irene, a comulgar con el catolicismo. Aunque, tenemos un pack muy asequible con que te vas hoy bautizada, comulgada y confirmada. Con solo la voluntad, hija.
—Tengo tres euros y la mitad es para el bus, padre.
—Ni hablar. La voluntad son 300 euros.
—Entiendo, hijoputa. Te referías a tu voluntad, no a la mía.
—Maleducada, pues no te bautizo. Para limpiarte de pecados tendrías que arder como el Windsor.

Los allí presentes, salvo las viejas beatas, putas de alma e hipócritas puras, pidieron mi bautizo. Ante esto, accedió el impresentable. Al fin y al cabo creer en Dios no debe implicar creer en el business de la Iglesia. Entonces, hizo amago de verter el agua en mi cabeza. De golpe, golpe. El Cristo crucificado cayó sobre mí. La intención fue clara: golpearme la crisma. Lo esquivé. Pero casi muero. Sobre la cruz cayó un cirio. Comenzó a arder. El presbiterio parecía el videoclip de Like a Prayer. «A tomar por culo todos. Atea hasta la muerte». Dios no existe y si existiera, estoy convencida de que nos invitaría a descreer. A descreer como Dios manda. A creer, ante todo, en nuestra fuerza y en nuestra libertad. Desde ahora, viviré sin las ataduras de una moral caduca y represora. A 57 días de morir, acabo de nacer. Ahora empieza la vida. 


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