miércoles, 18 de octubre de 2017

SARA MESA – "Mala letra" (Crítica)


Rara es la reseña de Mala letra (2016) que no compara esta colección de cuentos publicados con Cicatriz (2015), novela de la misma autora que coronó las listas de mejores novelas de 2015. Existen dos motivos: por un lado, el temor a que fuera una obra poco meditada, un tachón en su loable trayectoria literaria por el deseo de estirar el buen desempeño comercial de Cicatriz y el tirón de Sara Mesa gracias a este éxito (o de mantenerlo) con el fin de contar con un buen colchón de ventas de su próxima novela y, por otro lado, el interés por comprobar cómo evolucionaba la prosa de Mesa. ¿Continuaría intensificando, como hizo en Cicatriz respecto de Cuatro por cuatro, la economía de medios (personajes, acción y escenas), el carácter sobrio, distante, frío y afilado de su estilo y sus ambientes turbios, oscuros y asfixiantes? ¿Apostaría, por el contrario, por un tono más colorido, más conversacional, más próximo al lector y con sus personajes?  

Sobre el temor, nada que temer: si bien algunos cuentos descuellan entre el resto de modo notable, ningún cuento puede tacharse de tedioso ni de una prosa plana. La colección mantiene un nivel literario admirable a lo largo de sus 191 páginas, por mucho que dos de sus cuentos, «Nada nuevo», sobre la soledad y el sentimiento de abandono en la vejez, y «¿Qué nos está pasando?», sobre el desamor, incurran en lugares comunes, es decir, por mucho que estos carezcan de un tratamiento especial que los individualice, más allá de los saltos temporales, de determinadas epifanías y de los cambios de perspectiva del narrador, recursos empleados en cada cuento. Sin duda, la heterogeneidad temática no exenta, sin embargo, de coherencia, por cuanto la culpa, la infancia y la educación son los tres centros temáticos del volumen–, ayuda a que cada relato funcione; así soslaya cualquier riesgo de que la excelencia de cuentos como «Mármol», «Papá es de goma» o «Apenas unos milímetros» abata los menos conseguidos.

En lo que concierne a la evolución del estilo, Sara Mesa no abandona el estilo característico de Cicatriz, sobrio, oscuro y punzante. Así, tenemos «Creamy milk and crunchy chocolate», un relato sobre un accidente de tráfico y el remordimiento de sus responsables que no logra mantener en sus últimas páginas el carácter lúgubre tan logrado y certero de las primeras; «Nosotros, los blancos», el cuento que, por su extensión (unas 40 páginas), más bien, podría ser considerado una novela breve sobre la maternidad subrogada y los hechos que se desencadenan cuando la madre decide romper el acuerdo y quedarse con el bebé; el esquematismo y la brutalidad de «Picabueyes», «Palabras-piedra», que con un inicio muy obsesivo, en la línea de Poe en «El gato negro» y en otros cuentos de obsesiones, aborda el padecimiento de una adolescente ante el ambiente opresivo familiar, de represión de sus inclinaciones; y «Papá es de goma», donde se recrean los escollos de tres hermanos menores de edad abandonados por sus padres. Los dos últimos sobresalen entre los mencionados como continuadores del estilo de Cicatriz, entre los que habría que incluir «Nada nuevo» y «¿Qué nos está pasando?», y suponen una excepción, un impedimento para afirmar que, de manera imprevista, los mejores relatos son los que más se alejan de Cicatriz.

Sin embargo, la escritora explora otros terrenos. En «El cárabo», el primer relato, adopta una voz colorista que disuena del resto de cuentos, acaso con la excepción de «Mustélidos», el último cuento. Del primero destaco no el tono misterioso que adquiere en la segunda mitad cuando se produce una desaparición y la madre con su hijo se interna en el bosque, en el que Mesa recoge elementos tradicionales propios de los cuentos de terror infantiles, sino que en él brille como en ningún otro cuento la capacidad de sugerencia, la elocuencia de lo no dicho. Del segundo, de «Mustélidos» he de subrayar el carácter metaliterario, donde Nuria responde a la queja de un compañero de trabajo por la distancia entre la vitalidad y la ternura de su vida cotidiana y la oscuridad y la violencia de las escenas que escribe en sus relatos. No es fácil imaginar, después de leer Mala letra, a su autora suscribir las palabras de Nuria, su concepto de literatura como desagüe. Un ejercicio metaliterario, a mi parecer, anecdótico, es el de «Mármol», cuya protagonista se erige como la autora del propio relato después de un caso de suicidio, que lo escribe mucho tiempo después, puede que desfigurado por la memoria. El suicidio y la enseñanza como temas se concretan en el cuento acaso más brillante de la colección: no es fortuito que una de sus líneas le dé título. Desde otra perspectiva, este cuento de Mala letra comparte un trasfondo muy similar a una novela breve de Chirbes no menos recomendable, La buena letra.

Por último, comentaré «Apenas unos milímetros», que, aunque, en el fondo, complementa a «Mármol», pues cuestiona, también, algunos aspectos de la educación y enfrenta a los estudiantes jóvenes con aquello que, a priori, les es ajeno, la muerte o la enfermedad con un estilo bien diferente: el humor negro. Quizá sea el cuento más políticamente incorrecto (pocos o ninguno no lo son); de hecho, su tesis se opone frontalmente con la corrección política. En él se plantea esa igualdad tramposa con que el sistema educación niega las diferencias por ese afán de este por la integración, por encima de la sensatez, a través de una profesora de biología que cuestiona el provecho de que un adolescente tetrapléjico reciba una clase de educación sexual y le enseñen a ponerse un preservativo. ¿Asistir a esta clase le hará sentir más integrado o más excluido? Si bien la tesis se presenta de manera bastante obvia, Sara Mesa sortea este problema a través de la reacción final del chico y el sarcasmo que rezuma el relato. Baste mencionar las siguientes líneas de la página 39 después de que el chico le comunicara (ni puede hablar de decir o de escribir) que le gustaban los libros de fantasía: «Pensé que para él cualquier libro, incluso el más realista, era de fantasía, pero de inmediato me arrepentí de mi cinismo y le recomendé los cuentos de Poe».


Mala letra es buen libro de cuentos, bastante recomendable. Puede que la voz narrativa, pese a ser más sombría o más vital en unos relatos que en otros, sea muy similar y esto le reste cierta verosimilitud en algunos casos. Puede que pese a incluir temas de Cicatriz como el robo, el aislamiento o la culpa no goce siempre de la misma contundencia. Sin embargo, existe una gran variedad dentro de los límites de la coherencia; existen, asimismo, ideas provechosas, la mayoría de veces desarrolladas con excelencia. Todo ello confirma que Sara Mesa se consolida como una de las grandes plumas de la narrativa española actual y asegura que los once cuentos de Mala letra merecen su lectura.

MESA, Sara (2016). Mala letra. Barcelona: Anagrama. 191 páginas.

*La portada incluye una fotografía de James Pond extraída de https://unsplash.com/photos/hAu6KyCdHAc

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