martes, 31 de diciembre de 2019

"Puro optimismo" / Cuento de Navidad


PURO OPTIMISMO

«¿Cuánto queda para bajarnos, papá?», «poneos los auriculares, niñas, que estáis molestando, ¿es que no lo veis?», «harta, harta me tenéis, como el conductor nos llame la atención de nuevo por estar vosotras dos en el pasillo, estas Navidades no vais a ver ni la luz del sol», «mamá, ¿falta mucho?», «si las estrellas flotan en el cielo, ¿por qué esa estrella fugaz está sobre aquel árbol de Navidad? ¿Es una estrella fugaz o una estrella estrellada?», «¿cuánto queda?», «¿hemos llegado ya?», «¿cuánto queda?», «¿cuánto queda?»…
            Ese es el principal escollo de viajar en autobús interurbano a días de la Navidad, y eso que yo ya tenía mi escollo: la propia llegada a Cartagena y las explicaciones. Por qué había venido solo, por qué permanecieron vacíos los dos asientos contiguos al mío, dónde estaban mi hermano Gonzalo y su novia. De la ausencia siempre se esperan razones y yo debía darlas: yo era el heraldo negro. Me faltaba, eso sí, construir el discurso. «La Roda 87 km», indicaba la señal. Bien, aún hay tiempo. Tiempo de sobra. Veamos, ¿cómo explicar a mis padres por qué estas Navidades ellos no vendrán? ¿Cómo hacer digerible a otros la misma desgracia que a mí se me atraganta? En situaciones como esta he contado con mi hermano; hoy más vale no llamarlo: él demasiado tiene con lo suyo y yo... Ya va siendo hora de comprobar si se me ha pegado de él su don para, si no resolver conflictos, no agrandarlos. No, mejor no molestarlo; tienes veintidós años para contar qué ha ocurrido.
«¿Cuánto queda?», «¿hemos llegado ya?», «¿cuánto queda?», «¿cuánto queda?»… No las aguanto –pensaba yo, cada vez más iracundo–, que les tapen sus padres la boca o a mí los oídos. Y todavía no hemos llegado ni a Albacete. «La Roda 25 km». A Gonzalo le ha pasado esto, mamá, ahora mismo están allí, habrá más oportunidades, pero… No, estas Navidades no vendrán… Papá, ¡en absoluto! De excusas, nada. Cierto es que no se despega de Alba, que parece más familia de ellos que de nosotros… ¡Esas cosas no se hablan por teléfono!
«¿Cuánto queda?», «¿por qué solo visitamos a los abuelos en Navidad?», «¿es para no pelearos con ellos?», «¿cuánto queda?»… Que se callen, por favor… Descarto esa opción: Gonzalo no quiere preocupar a sus padres ni decepcionarlos. Se lo tenía que haber contado. Es que es tonto… ¿Cuántas veces le repetí que se dejara de sorpresas? ¡Ni que fuera el guionista de un culebrón de la tarde!
            «Albacete 19 km». Y aún no había hilado la conversación pertinente. Dichosos los que hacen que lo fácil continúe siendo fácil, pero apuesto a que ellos no les toca padecer a dos adolescentes desquiciadas. No le dejan a uno ni estar triste. Aquí quisiera verlos yo. Tampoco ayudaba mucho la monotonía decadente del paisaje castellano, su decadencia noble, sobria, atemporal y sabia. Confidentes a las buenas o a las malas, sus tierras pálidas solo admiten la verdad porque es lo único que conocen, aparte de sus viñedos que rompen, de vez en cuando, la repetición, la constancia, de sus pueblos olvidados y de las autovías solitarias. Eternas, inamovibles, interminables.

«¿Cuánto queda, papá?». Criajas malditas, callad de una puta vez. ¡Vaya padres! De tal palo tal… –dije refunfuñando–. Mucho colegio privado y mucho cocodrilo en el jersey, pero, en la práctica, sois gentuza… –ya a grito pelado–. Peor que la economía, peor que la biología sois: a delirios estáis despoblando España. ¡Sois gentuza! –ya entre el borde de un ataque de nervios y el cementerio–. Por fortuna o por milagro, sus padres dormían y las jóvenes, tomándome por un demente, enmudecieron. Pero, poco duró el sosiego. De nuevo, la bulla o la exhibición familiar de lerdas casi a la entrada de Albacete. «¿Cuánto queda, papá? «¡Me aburro! Uf, a ver si llegamos… ¿Qué le pasa al de atrás, que está rojo? ¿Por qué ha cogido su maleta? Mamá, ¿falta mucho? ¿Por qué todos llevan auriculares hasta el sordo ese? ¿Es que no saben que sin auriculares, con el altavoz, se escucha mejor? Como estamos haciendo nosotras, vaya».

Haciendo un ejercicio de contención, me dirigí a ellas: «¿Qué por qué se ponen los auriculares? Pues porque el cable no es tan largo para suicidarse, espabiladas a vuestro ritmo, inteligentes sui generis».

―Conductor, ábreme la puerta y el maletero, que me bajo... No las soporto ni un minuto más –atravesé el pasillo con mi maleta en la mano–.
―Amigo, esto es Albacete. Para Cartagena todavía falta.
―Sí, pero no aguanto más… Paso las Navidades en Albacete y ya está… Un turista, seré un turista.
―De acuerdo, amigo. Pero espere un minuto a que lleguemos a la estación.
―No, ahora mismo… ¡Un minuto, dice! Abra o le fumo aquí dentro.

Objetivo logrado.

Observé cómo el autobús se alejaba y se alejaba hasta perderse en el horizonte. Se demoró un poco más el humo y su amenaza. Después solo quedamos el paisaje y yo. Antes todo aquello era campo y, por ahora, lo sigue siendo. Sin embargo, no había tiempo para la metafísica, sino para llenar el estómago, vaciar la vejiga y enfilar hacia Cartagena.

Saqué el smartphone y Google Maps hizo el resto.

De camino a la estación de autobuses, tropecé con varias cafeterías. No entré en ninguna. Aguardé a ver si encontraba una más de mi rollo, de as que me gustan, aunque no sepa exactamente qué me gusta. Preferí esperar y encontrar lo que fuera que buscaba, o, cuando menos, confundir lo que encuentro con lo buscado. Sin embargo, acabé en un pequeño centro comercial, rodeado de cafeterías y un belén viviente.
Unas más tradicionales, otras más chic, todas las cafeterías parecían iguales. Salvo una, tirando a vacía, como el resto, pero con el plus de contar con un disfraz de reno y otro de árbol de Navidad con sendos seres quizá humanos dentro. Si se distingue de los demás, debe de ser el rey de estos bares. Además, bendito optimismo: ya con el rótulo «Sonríe y disfruta» dan ganas de probar, y, desde luego, no apesta a aceite quemado. Seguro que es de esos bares donde se puede hablar de tú a tú con el hostelero y arreglar España entre tapa y tapa. Y algún percance familiar.

Entré. Enfrente había una barra de unos cinco metros con seis taburetes, vacíos a excepción del que ocupaba el reno. Más cerca de la puerta, a la izquierda, cinco mesas –solo dos ocupadas: una, con tres ancianos; y la otra con una señora de traje, un portátil abierto y unos cuarenta años, y a la derecha alguien disfrazado de árbol de Navidad hiperrealista. Pelaba unos cables que colgaban del techo de pladur, subido a una escalera de mano medio coja y un disfraz que jamás superaría un control de seguridad laboral.
―Ponte un pisto con huevo y un tercio. Vaya día llevo hoy… Si lo sé, no me levanto.
―Calla, que como te escuche el jefe… Sonríe y disfruta –dijo la camarera de mi edad –unos veintitantos tendría–, al tiempo que llenaba dos platitos con las tapas de la vitrina–. Ahí tienes tu pisto y ajo mataero.
―Bueno voy a llegar al pueblo, pero gracias. Antes no sabía si quería llegar o no a casa; ahora tampoco sé si podré. No te imaginas lo jodido de dar malas noticias… Temo la reacción del otro o que rompa a llorar. No, tú no te lo imaginas.
―Créeme que lo hago.

«¿Quién narices ha dejado esto por aquí? ¡Menudos cabrones! ¿Qué se creen que es mi almacén? Esto es una puta pocilga. ¡Cerdos!» se escuchó de pronto más allá de la barra, tras la puerta que daba al almacén. Debía ser el jefe. Tenía ganas de conocerlo, pues con el enfado que llevaba tendría ganas de hablar para desahogarse. Contra todo pronóstico, su voz sonaba cada vez más y más baja. Y él, cada vez más lejano. Pensé que hasta en lo más insignificante era un desdichado. Pero no: «tío, síguele el rollo, sonríe y disfruta. Mi jefe quiere ver felicidad, sino la gente no entra», me advirtió la camarera. Ella, entonces, se dirigió al reno –a juzgar por su voz, era un hombre, con ese tipo de disfraces de franela cálidos, pero incómodos al cubrir todo el cuerpo salvo por dos aberturas en los ojos y otra pequeña, estrechísima, en la boca–.
―Oye, muchacho –me abordó el reno–. Estamos a 22, ¿te ha tocado un pellizco de la lotería? A lo mejor tú estás aquí rallado por vete a saber qué y lo que estás es forrado.
―¡Qué va, hombre! Tal vez, mis padres; yo, no; ¿para qué gastar pasta en algo creado para que la pierdas?
―Eres tú un optimista, ¿eh? Ramón, el jefe, dice que la lotería es como la vida…
―¿En que se juega por envidia, por si al vecino le toca y no verte tú más pobre y desgraciado?
―En que en ambas merece la pena arriesgar aunque se sepa cómo acaba.  Que ganas, bien; que no, pues disfruta la tapa y ya.
―¡Me la refanfinfla el sorteo! Yo quiero volver a Cartagena con mis padres y saber cómo contarles una desgracia familiar… Es que a mi hermano…
―Muchacho, pásame una pajita, a ver si así me puedo beber la cerveza.

«¡Cerdos cabrones! A vuestra casa, si queréis rodearos de mierda. ¡Aquí van a rodar cabezas! ¡Menudo soy yo!», se escuchaba detrás de la puerta que daba a la barra.

Aguardé a ese miura, algo atemorizado, la verdad. No obstante, lo grotesco vencía. Miré hacia atrás, a la derecha, al señor disfrazado de árbol en la escalera. Tenía la cara tapada, salvo los ojos, y unas bolas en su traje que le dificultaban pisar con comodidad los peldaños. Me regocijé viendo sus ejercicios de equilibrismo cutre, cómo negociaba con la caída. ¿No era más sencillo quitarse los guantes, los adornos, el disfraz? ¿Qué necesidad había de ponerse aquello? En cualquier caso, me dejé llevar con gozo por ese ataque perverso. No, no estaba siendo perverso; simplemente me estaba evadiendo de mis problemas. Todo el mundo tiene derecho a una vía de escape, por muy momentánea que sea. De toda la vida, las caídas resultan graciosas; si no, recuerda todos los programas de la tele de los noventa sobre caídas aparatosas recogidas en vídeos caseros. No, no hace falta irse tan lejos: visita unos grandes almacenes, pásate por la sección de cultura y verás el dinero que se exprime de las desgracias. Los triunfadores tienen acceso a todo, luego, deben escoger lo bueno; ¿qué nos queda al resto, sino el cinismo?

            Salió, por fin, el jefe, no a gritos, furibundo, como preveía, sino con diademas de reno en su brazo rechoncho y canoso.
―¡Buenos días, joven! ¿Y esa cara de asombro? ¿Y esas lágrimas? No has probado unas tapas así en tu vida, ¿verdad? Angelito», me dijo.
―No, es que mi hermano Gonzalo ha perdido…
―Ahora vuelvo… Sonríe y disfruta –se acercó a las mesas–.

Paco, Aurelio y el otro, poneos estos cuernos de reno; no me espantéis a la clientela. Ramón, nosotros nos vamos en seguida, hoy comemos con nuestros… ¡Tonterías! Coged las diademas y sed unos lindos renos. Coméis conmigo. Patricia, sírveles otra caña. Invita la casa, Paco». Si te pones así y nos pones eso… Claro, sonreíd y disfrutad. No hay males mientras dure la comida. Usted la del ordenador, ¿no quiere otros cuernos? Me ayudaría con el negocio. Desde que han abierto la franquicia de al lado, hay que reinventarse o morir contra las hamburguesas esas.

―Vuelvo contigo, joven –me dio una palmada en la espalda–.
―Sí, le decía que mi hermano está en el hospital porque…
―¡Enhorabuena! Su primer sobrinito, ¡qué bonito!
―No, exactamente. Mi cuñada estaba embarazada…
―Me lo imagino…
―Bueno, pues lo ha…
―¡Calla! ¡Hostia, clientes potenciales ahí fuera! –miraba Ramón hacia los grandes ventanales–. Paco y compañía, a bailar. La conga, la conga…
―Tenemos artritis, Ramón.
―Y excusas… Y una caña gratis. Patricia, la conga, sube la música, que no se piense. ¡Optimismo!
―¡Ay, señor! A ver si me dan la beca y dejo este manicomio… ¡Venga, Paco, agarre su prótesis de cadera, que empezamos el meneo!

«Ramón, déjame quitarme el disfraz o agarra la escalera. Que ya me estoy viendo en el suelo por culpa del baile», dijo el señor vestido de árbol de Navidad. «Mariano eres un agonías. Tú no te caes. No, te voy a tirar yo como no sonrías y no arregles esos cables. Disfruta: es Navidad. Aquí no cabe la tristeza». «Y así nos va», terció la mujer del portátil. «Debería sentarme a su lado», pensé. Seguro que con ella sí se puede hablar.

―Y yo, acabo de perder a mi sobrino… Al pobre no le ha dado tiempo ni a nacer.
―¿Te vas a comer el pisto, muchacho? Hoy tengo un hambre de reno… –dijo el cornudo del taburete riéndose–.
―Mi hermano y su novia están destrozados…
―Joven, en este bar, se come y se bebe, se sonríe y se disfruta –dijo el hostelero–. Las penas a otro sitio. 
―¿Pero me escucháis? ¡Ha muerto!
―¿Un muerto? ¡Qué novedad! Hasta que no ponga la oreja en la carta, las penas a otro sitio –contestó con el puño apretado; miró después hacia la calle–. Pasad, pasad, dejaos de fotos, chicos, y entrad.

Queridos imbéciles, más ritmo, más conga; tú, el reno, únete al baile –ordenó el jefe–. La del ordenador, ciérralo. ¿Qué dices del informe? Esto no es una biblioteca… Pues sí te tendrías que haber ido, si no sabes ni sonreír un poco. Patricia, no te puedo dejar sola un instante, me descuido y me conviertes esto en un bar de los de toda la vida.

Entre una conga con un sentido distorsionado del ritmo, un anciano con muletas y otro con inhalador y pastillas en la mano, y un reno que… «¡Ramón! Sujeta la escalera que me voy a caer, es que ya lo estoy viendo… Me cuelgan mucho las bolas», interrumpió el árbol. Calla, que van a entrar los jóvenes… Aquí felicidad; es mi bar, son mis normas. «Es que veo cada vez más afilada la esquina de la mesa… Además, yo siempre he sido más de belén que de árbol».

Me senté junto a la mujer del portátil. En su mesa reposaba un libro de un tal Chejov. Tristeza y otros cuentos.
―Pues eso, que han perdido al crío… Mis padres no estaban al tanto ni del embarazo…
―Tengo que terminar el informe.
―No puedo permitir que mis padres se sienten defraudados con Gonzalo, que crean que no cuenta con ellos…
―Tengo que terminar el informe. Dales tú un nieto o un sobrino y se te pasará.
―Pero es que yo… ¿De qué va el libro?
―No lo sé, ha sido un regalo. Ni lo he abierto. ¿Lo quieres?
―Por favor, joven, deja de molestar a la señora. Pídete algo; atrévete a ver qué ocurre. Es una sorpresa. Smile, como dicen ahora. Toujour.
―Sí, ve, ve… Mientras, termino el informe y salgo de aquí escopetada.

No, pírate de aquí, vas a llegar tardísimo a casa –me dije–. Y de noche, y con el tráfico que habrá hoy... Y aún sin saber qué decir en casa. Ese niño era la salvación de Gonzalo y Alba. Y de todos. No creo que pasen otra vez por la clínica de fertilidad… ¿Compartir la desgracia es sinceridad o egoísmo? Fíjate en los tranquilos que están ahora papá y mamá. De la ausencia siempre se esperan razones y yo debo darlas, si llego...
―Ramón, te llamabas Ramón, ¿no? Ponme un bocadillo de tortilla y un tanque.
―Así, sí, joven. Es que vais todos los quejicas de intelectuales, de resabiados, porque no habéis vivido nada: los valientes son optimistas. Optimismo puro y duro.

Y el hostelero tiró de un hilo que colgaba del techo de pladur.

Comenzaron a caer esferas de todos los colores, bolas como las de las piscinas de los bebés. De pronto, un estruendo. Las bolas llegan hasta la rodilla. El árbol ya no está en la escalera… Hay en su lugar una especie de montaña de colores. «¡Enhorabuena, joven! Eres el cliente 987 de este mes. ¡Fiesta para todo el mundo! Sonreíd, disfrutad. Abuelos, no es hora de dormir, levántense del suelo, y tú, Mariano, hijo, también o ¿es que te has ido?». Fue al almacén y regresó con un cartel enorme como esos que entregan al ganador de los concursos. «Cliente, número 1000, ha ganado un mes gratis. ¡No pague nada por sus consumiciones!».

―¡Si no lo veo no lo creo! –dijo Ramón–. Al final, tanto para nada, los jóvenes se han ido a comerse las hamburguesas esas. Ya les puede explotar la aorta con tanta mugre.
―Muchas gracias, señor, pero no creo que vuelva. Yo he entrado aquí de paso, huía de unas locas y, bueno… No tengo buen ojo, se ve.
―Oye, ¿has visto a mi hijo? ¿El que estaba subido en la escalera?
―No sé… La zona donde estaba tiene las bolas más altas, ¿no?
―Se habrá ido con su madre. Es un buen chico. Con más cuento… Pero un buen chico. ¡Ay! ¿Qué haría sin él?
―Sí, se le veía majo… Yo es que estoy bien jodido hoy, ¿sabes? Sin sobrino… Aquí tirado y perdido… Me queda Google Maps.
―Oye, ¿y por qué no terminas tú el trabajo de mi hijo? Si se te hace tarde, te vienes a mi casa y cenamos los cuatro.
―Pero yo tengo que… Me están esperando… Pero pueden esperar. Me ha salido trabajo, ¿no?
―De un cuarto de hora…
―No he trabajado más en mi vida.
―No parecías antes tan optimista…
―Y no lo soy, pero es que… A mí eso de dar malas noticias… Que si no va a haber nieto, que lo iba a haber y ellos sin saberlo… que yo… Eso es lo peor… Por cierto, me llamo Felipe.

Anda, Reno, déjale tu disfraz para que desde fuera lo vean. Felipe, ¿es de tu talla? ¿O te queda un poco holgado? Mejor, así da gusto que sean los pijamas, porque este disfraz es como un pijama. Reno, ¿a qué esperas? Claro que me lo quito, pero ayudadme con la cremallera y yo, mientras, me quito la cabeza. Vaya, por Dios, no sale. Felipe, ayúdame. ¿Cómo que no sale? ¡Tirad con fuerza! ¿Me voy a quedar encerrado en un disfraz de reno? Mientras, préstale la cabeza y déjate de tanta payasada, que en mis tiempos… OK, boomer.

Con la parte superior del disfraz, aterciopelada, fui subiendo la escalera. Miré sus aberturas en los ojos y compartí con él mi tristeza.
―Ya no será padre mi hermano. Yo tampoco… Tú me entiendes, ¿verdad? Tú me entiendes…

Subí hasta el último peldaño. Me coloqué en mi cabeza ese cabezón peludo, y desde lo alto observé un reguero de sangre que escapaba por la puerta del bar. Con discreción. Bajo una piscina portátil de bolas de colores.


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